miércoles, 7 de enero de 2015
7. Mis piernas
Estos
días me he dado cuenta de que me gustan mis piernas cuando llevo medias negras.
Parece una tontería, pero no lo es. Siempre he tenido un grandísimo complejo
con mis piernas, casi tan grande como ellas. No me gustan, las veo gigantes (en
lo que se refiere a volumen, porque de longitud las veo bastante cortas) Por
eso siempre he evitado llevar vestidos cortos o pantalones pitillo. Todo ancho,
todo largo, para dejar que la imaginación supere a la realidad y no parezcan piernas
de caballo.
Hace
poco le dije a mi madre que quería vestirme más femenina (ella enloqueció de
gozo, por fin una hija). Propuse la opción de comprarme un vestido para diario,
algo que hasta hace poco nunca se me habría ocurrido. Pero últimamente me
apetece. He aborrecido los vaqueros y las camisetas, necesito algo nuevo, que
me acerque a mí. Et voilà. Esto se ha traducido en un lindo vestido negro y
rojo (porque aunque haya decidido ser más femenina, es difícil que consiga
eliminar del todo el negro de mi armario; lo amo por encima de todos los
colores, a él y a su arte para disimular michelines)
Además
de tratarse de un vestido para llevar un día normal, resulta que no es hasta
los tobillos, sino que llega hasta arriba de las rodillas, lo cual, pese a que
son bastante cortas, deja un margen importante en el cual pueden verse mis
piernas (bajo unas tupidas medias negras, porque hace un frío que pela).
Delante del espejo estoy acostumbrada a verlas, me he probado cientos de
vestidos de diferentes longitudes, pantalones más o menos apretados, he hecho el idiota con
leggins cuando no podía estudiar más, e incluso sin pantalones. Sin embargo,
nunca me había parado a observarlas en acción, hasta el otro día, en la
capital.
Me lo
puse por primera vez, y enfundada en mi abrigo y esas medias bien tupidas, salí
a la calle en dirección a una boca de metro. Pasé por delante de un portal con
alta densidad en cristales. Por el rabillo del ojo me vi pasar fugaz, y lo
primero que capté inconscientemente fue la estela de mis piernas. Me dije “oye,
pues no están mal”, pero fue tan rápido y tan inconsciente todo que en el
siguiente portal me giré de manera activa a verme pasar. Me hice un repaso de
arriba abajo como los que hacen (dicen) las mujeres cuando ven aparecer a otra
en la misma habitación que puede resultar una amenaza para ella, o cuando
alguien se te come con la mirada. No se exactamente cómo fue, pero el hecho es
que me miré bien mirada mientras caminaba, sin detenerme. Y me maravillé. No
por mis piernas, que las tengo muy vistas de tanto procrastinar frente a un
espejo, sino por lo que me transmitieron. Al mirarlas no quise apartar la
mirada inmediatamente. No me resultaron repulsivas, obesas totales ni nada por
el estilo (que es lo que suelo pensar cuando las miro). Me transmitieron
fuerza. Verlas dar pasos, pequeños pero seguros, no me parecí yo andando. Desde
una se ve tan diferente. Me dije “Wow, ¿esa soy yo?”. Las pisadas tenían
fuerza, las piernas se la daban. Estaban bien contorneadas, no caían fofas.
En su
gran tamaño se plantaban e imponían seriedad. El color negro les daba hasta un
toque seductor que jamás había percibido. Me sentí bien aun viéndoseme las
piernas. Es cierto, tapadas por unas medias negras. Todavía queda mucho camino
hasta que me sienta a gusto con mis piernas al desnudo. Un camino tan largo
como el adelgazarlas. Pero las medias sí que dejaban ver la forma, las dimensiones.
Y contra todo pronóstico, me sentí a gusto con ese vestido corto (que en
realidad no es tan corto como los que llevan normalmente las chicas de 21 años,
pero sí mucho más corto de lo que nunca he llevado yo) Cada vez que me lo
pongo, con mis dulces manoletinas rojas y mis medias negras mágicas, tengo
ganas de comerme el mundo, de ir correteando por cualquier calle, saltar a la
espalda de alguien y que me lleve a caballito corriendo. O correr detrás de ellx.
Me siento ligera de una manera extraña, y mis piernas, firmes compañeras de
cualquier viaje, me resultan cómodas. Sigo siendo consciente de su tamaño y su
peso, de que no son las piernas más bonitas del universo. Todavía arrastro
miles de complejos respecto a ellas. Pero son mías. Me permiten caminar,
correr, saltar. Y llevarlas con las medias me hace darme cuenta de que, bueno,
nadie se horroriza, que son dos simples piernas, personales. Punto.
No son
piernas de modelo, de hecho, son la mitad de largas por el doble de anchas,
pero nadie pone cara de repugnancia (aparte de mí) cuando las miran, incluso en
la playa (si es que alguien las mira). Son normales. Incluso mejor que
normales. Son hiper especiales para mí, me permiten moverme, tenerme en pie,
golpear un balón, hacer enroscarme con quien quiera, saltar para llegar al
último estante de la alacena.
Este
vestido me ha desestigmatizado estas extremidades, lo cual es importante, porque
de él pueden venir otros vestidos, quizá un poco más cortos. Y aumente mi seguridad
en mí misma. Porque ¡vaya! Parece que, pese a estar cubiertas, empiezan a
gustarme mis piernas.
El
auténtico paso, la gran victoria vendrá cuando, sin medias ni espejos, me mire
mis piernas y diga “me gusta lo que veo”. Para eso no sé si lo que necesito es
adelgazar (que también, no únicamente
por verme bien y sentirme a gusto, sino porque es necesario mantener una dieta
equilibrada) o “sencillamente” llevar un proceso de autoaceptación que puede
ser eterno y muy complicado, seguramente imposible dado que llevo 21 años con
ellas y apenas ha habido mejoría salvo esta. No, no la voy a desprestigiar. Es
una gran mejoría, pero de ella a mirarme y no horrorizarme hay por lo menos
tres cañones del colorado.
Poco a
poco se llega lejos. Por el momento voy a abusar de ese vestido y de mis
maravillosas medias. Quizá compre otro en la misma tienda, que las deje al
aire, que pueda enseñarlas, para que me den ganas de brincar con otros colores.
No ignoraré el camino que me queda por andar, porque es mucho. Son muchos años
de complejos e inseguridades. Por eso, haber visto en ese portal una figura
que, en vez de parecer un oso morcillón, parecía una muchacha alegre y segura,
es algo muy importante para mí. Algo que, pese a ser tan superficial, me ha
regalado ese simple vestido. Tal vez el proceso ya se hubiera llevado a cabo en
mi interior y solo me hacía falta ponerlo de manifiesto. Bien, pues el vestido
ha sido el catalizador, el escenario, no se. Solo sé que tiene un papel importante
en todo esto.
Seguiré
intentando adelgazar, por supuesto. Pero por el camino seré consciente que, al
inicio de todo, no me sentí tan absolutamente incómoda para abandonar mi
volumen. Que he sabido ser bonita para mí misma. Y aun así, he decidido
adelgazar. Creo que será una vía más sana para llevar a cabo el proceso, porque
así no representa tanto una huida de mí como un camino más hacia ninguna parte.
Una manera de experimentar cosas nuevas. Por cambiar.
Todavía
no estoy en ese extremo de autoaceptación, pero llegaré, y entonces, adelgazar
será simplemente una aventura más, y no lo que viene siendo hasta ahora, el
único billete que me da la sensación que puede conducirme a ser feliz conmigo
misma en vez de afrontar mi físico con cobardía y esconderme de él tras las
reducciones calóricas y las insulsas ensaladas de lechuga con lechuga y ligeros
toques de tomate que la hacen todavía más insulsa (no soporto el tomate)
Llevo
haciendo dietas desde los 3 años, creo que empezar una no solo por adelgazar y
escapar, será toda una novedad. Me acerco a ese inicio, pero queda muy lejano.
Por el momento, seguiré masticando zanahorias y diciendo que no cuando se me
ofrezca un dulce. Menos mal que ha pasado la Navidad y todo el mundo está
asqueado de este sabor.
martes, 6 de enero de 2015
6. Frío
Si tengo que elegir entre frío y calor,
elijo el frío. Es muy sencillo, cuando hace frío, puedes ponerte mil capas de
abrigo y al final, dejarías de tener frío. El calor, sin embargo, una vez te
desnudas, si sigues teniendo calor, lo único a lo que puedes recurrir es al
aire acondicionado y las bebidas frías. Pero esto también existe (a la inversa)
para combatir el invierno, por lo que esos argumentos dejarían las preferencias
en empate. Es una simple cuestión de comodidad.
No es agradable abrazar a alguien cuando
está sudado y que tiene una temperatura corporal elevada, que terminas con la
piel pegada a la suya de una manera desagradable, y los sudores fusionados en
una mezcla que nada tiene de sensual. En cambio, cuando hace frío, no se suda,
no se está pegajoso. Como mucho tiritas. El frío invita a abrazarse, besarse,
taparse bajo una manta y ver películas. Hace más fácil, y deseable, el contacto
humano. Dormir pegado a alguien, en Diciembre, es la mejor propuesta que pueden
hacerte. Si me dicen eso en pleno mes de agosto, ya pueden tener aire
acondicionado en la habitación y mantenerlo encendido para que acepte.
El frío lo asocio a chocolate caliente
hecho por mi madre una tarde de aburrimiento. Al vaho que sale de las bocas
cuando respiras y que todo el mundo de pequeños hemos fingido que era humo de
tabaco (y de no tan pequeños; todavía me encanta seguir exhalando profundamente
y ver cómo asciende ese “humo”, y no corto en repetirlo de todas las maneras en
las que se me ocurre poner la boca). A duchas de las que sales con quemaduras
de segundo grado en la piel, apenas viendo a dos centímetros de mi cara del
vapor que he generado, ah, que gusto. Lo asocio a taparme con el edredón hasta
las cejas y enrollarme con él como si fuera un capullo. También pienso en una
chimenea encendida (en mi casa, solo en nochebuena) con las llamas bailando la
canción del calor hogareño y familiar. Combatir el frío es una tarea preciosa
si se tiene compañerx en las trincheras.
No voy a negar que las mañanas tienen
poco de bonito cuando tengo que salir de la guarida calentita y cómoda que me
he fabricado durante las horas de sueño para desvestirme y volver a vestirme
con ropa que está hasta rígida del frío que hace fuera. Esa es la peor parte,
porque no hay compañía que me retenga, ni calefacción encendida, ni abrazo
mientras me desvisto y me vuelvo a vestir… Estoy yo y el aire gélido de mi
habitación. Eso no ocurre en verano, es cierto. Y uno de los motivos es que
evito ponerme pijama en la medida de lo posible, porque ¡Qué calor hace por las
noches! Tanto que hay días que casi no puedo conciliar el sueño.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte,
el frío ha empezado a dejar de ser gracioso. Más allá de que no hay compañerx
de guerra con quien compartir manta y grados, resulta que por muchas capas que
lleve encima, mis manos no se calientan, llegando a tenerlas insensibles. Eso
no sería un problema si estuviera tumbada sin hacer nada. Pero no, resulta que
enero es un gran mes para los universitarios, y paso sentada la gran parte del
tiempo escribiendo en un folio. La sangre parece que no me llegue a las extremidades
superiores (entendiendo por extremidades superiores las manos y la nariz). Es
absolutamente desagradable notar cómo el frío va entrando desde las falanges
más externas de las manos, lentamente, congelándome los dedos.
Sin embargo, hasta esta congelación
tiene su parte buena. Esta es cuando pongo mis manos directamente sobre un
radiador encendido funcionando a “““máxima potencia””” (que en mi casa
significa 17 grados de temperatura media). Es el placer máximo, siento que la
vida vuelve a entrarme por las manos y va recorriendo mi brazo. La sensibilidad
regresa y todo parece llenarse de arcoíris.
No es que odie el verano. Al contrario,
lo bendigo por aportarme tantas vacaciones durante mi vida estudiantil. Por
poner a la playa tan guapa y tan viva, por traer la temperatura adecuada para
poder meterme en el mar sin correr peligro de morir por hipotermia. Sin
embargo, pese a que no puedo meterme en el mar en invierno sin estar sufriendo
alguna clase de delirio suicida, diciembre también favorece a la playa. En su
soledad desértica hay cierta poesía que enamora. Miro a ambos lados de la arena
y es muy probable que esté sola. El mar y yo. Nada más. Se puede escuchar con
precisión el oleaje, que si resulta un día
ventoso, es muy fuerte, salvaje, lo que lo hace todavía más seductor.
Sus aguas se tornan grises en vez del azul tan vivo que tienen en verano. Más
misteriosas, parecen esconder todavía más eternidad de la que esconden un día
cualquiera. El mar en invierno es otra historia. Y el frío que sale de él, el
viento salado que hiela con más fuerza, es otro tipo de delicia.
Cualquier estación tiene sus cosas
buenas y sus cosas malas. La primavera llena de esperanza con cada brote,
abusando del verde en su vida. Y el otoño tiñe de cierta melancolía la vida,
con sus tonos marrones y sus hojas escondiendo el suelo. El verano tiene la
vida y el calor de los niños. Pero para amar el invierno hace falta amar el
frío en todas sus facetas. Amar que la nariz parezca un cubito de hielo, porque
los besos en ella son más intensos. Las manos frías porque cuando te las cogen
te dan calor y cariño. Para amar el invierno hay que ser muy listo, y saber que
detrás de todo lo que puede parecer un defecto hay mil virtudes. El frío se
convierte en aliado del amor y la ternura.
Al final resulta que el mejor momento
para enamorarse es en invierno. Y yo encerrada en mi casa estudiando. Así me va
en el amor.
lunes, 5 de enero de 2015
5. Oscuridad
Me
da mucho miedo la oscuridad. Desde siempre. Cuando era pequeña tenía una
lamparita que dejaba encendida hasta dormirme para no tener miedo. Tenía un
arcoíris, y nubes, no recuerdo mucho más aunque todavía la tenga en casa. Con
la edad fingí dejar de necesitarla. Se supone que creces y los miedos
irracionales como este, o a los payasos, desaparecen. Maduras, pones los pies
en la tierra, y como por arte de magia ya no le tienes miedo a nada. O no debes
tenerlo.
Pero
eso es mentira. 21 años después sigue aterrorizándome la oscuridad absoluta. En
mi propia casa, cuando camino de las escaleras al cuarto, y no enciendo la luz
(para ahorrar, ya ves tú), o camino con los hombros bien tensos, o corro
directamente hasta mi cuarto con la intención de encender de un guantazo la luz
de este. ¿Por qué? Me invade un miedo irracional cuando soy incapaz de
distinguir lo que me rodea.
Hace
años, caminando por ese mismo pasillo, pensaba que de las puertas podía salir
un vampiro dispuesto a arrancarme la carne del cuello para que mi sangre
saliese más fácilmente. Desnucarme. O un zombi hambriento de un joven cerebro.
Incluso que podrían salirme los dos a la vez, uno de cada puerta que cruzo
hasta llegar a la de mi cuarto. Corro, ilusa de mí, como si con mis pequeñas
zancadas pudiera escapar de un ser mitológico más veloz que el viento. El zombi
es lo que menos me preocupa.
En
mi cuarto no escapaba al miedo a que algo oculto en las sombras pudiera
cernirse sobre mí. Tumbada en la cama, a punto de dormir, quizá me daba por
pensar en los límites del cuarto que mi resolución ocular no alcanzaba a
distinguir, que podía ser a los pies de mi cama. El miedo me aceleraba el
corazón (y me robaba el sueño) imaginando que, sin yo advertirlo, algún sádico
podía haber metido en mi cuarto varios pares de serpientes, de todas las
especies, tamaños, colores y dolores que existen. Las imaginaba reptando hacia
mi cama, sacando esa lengua bífida con la que olerían mi miedo. Introduciéndose
bajo el edredón o las sábanas, bordeando mis pies, ascendiendo paralelas a mis
piernas, serpenteando, enroscándose sin pudor en ellas. Empezaba a tener sudores
fríos, y no me atrevía a incorporarme hasta el interruptor por si alguna
serpiente interpretaba mi movimiento como un signo de desafío y saltaba hacia
mí, con las fauces bien abiertas y los colmillos dispuestos a atravesarme la
piel e inocularme su veneno más mortífero. En ocasiones la sugestión llegaba
hasta tal punto que notaba en mis pies pinchazos, roces en mis piernas. Era una
situación que la hacía a una volverse loca.
A
duras penas, en ocasiones, me atrevía a sacar la mano lentamente y buscar a
tientas la base del flexo. Al encenderlo, la tranquilidad volvía a mí y me
serenaba al comprobar que el suelo estaba desierto y que todo eran miedos
infundados. No me imagino qué es lo que habría sucedido con mi salud mental si
al hacerse la luz hubiera encontrado de verdad el suelo lleno de serpientes.
Con
la edad es verdad que maduras, que pones los pies en la tierra y se evaporan
todos esos miedos de juventud. No me da miedo que aparezca un vampiro y se abalance
sobre mí con la boca bien abierta, desnucándome, o que me persiga un lobo en
las sombras. Es estúpido. Lo que me aterra es que haya alguien escondido. Una
persona corriente, mortal, que haya podido colarse en mi casa y se haya visto
sorprendida por mi inesperada presencia en el ala de las habitaciones. Que su
única escapatoria sea atacarme. Que me pille desprevenida. Me inmovilice, me
amenace, me robe, me viole.
Me
da miedo que al cerrar la puerta de mi cuarto para tener un poco de intimidad
en mi casa, haya detrás un maníaco, estilo película de Hollywood, dispuesto a
llevar a cabo alguna fantasía fetichista horrible conmigo. Que un loco
disfrazado de payaso decida robarme la última carcajada de mi vida.
Es
verdad, ya no hay magia oscura que valga, ni seres que despiertan cuando se esconde
el sol, o que se metamorfosean cuando anochece. No, ahora lo que hay es la
realidad. El extremo más extremo de la realidad. Los enfermos, psicópatas, que
andan sueltos por el mundo. Que quizá sean pocos, y seguramente la mayoría no
estén ni en mi continente, pero ahí está la posibilidad.
Cuando
se apagan las luces, también hay otros miedos que me acosan. Miedos que no
tienen forma humana y que ahí están. Mis fantasmas personales. Mis
preocupaciones. Todo lo que consigo mantener firme durante el día rebosa de la
caja de olvidados y se me desborda. Me ahoga, me golpea. Ese es otro miedo, el
miedo a que me golpee en la cara toda la realidad que escondo para pasar el día
a día de una manera más o menos humana.
No,
la oscuridad no solo encierra tétricas figuras mitológicas, asesinos maníacos.
No, la oscuridad guarda en su interior todo lo que de un modo u otro nos
aflige, nos tortura, nos encoge el corazón. Los sentimientos oscuros, el odio,
la envidia, la tristeza. Se conjugan cuando desaparece el sol, y sus sombras en
la noche son todavía más alargadas. Esos son los miedos de los adultos, los que
reemplazan a vampiros y licántropos. Los que no te dicen que debes superar,
sino que se empeñan en que te sumas en ellos.
Sigo
corriendo cuando apago la luz del pasillo y todavía no he llegado a mi cama. A
veces, todavía pienso en las serpientes y en los vampiros, no ha muerto mi niña
interior. Otras, son los asesinos improbables que quizá se escondan detrás de
las puertas. Y otras tantas, son las ganas de cerrar la puerta y dejar tras de
mí toda la mierda que ha decorado el paisaje de mi día. Aunque en estos casos,
los fantasmas no se quedan cuando cubro mi cara con una sábana (impenetrable
por cuchillos y balas) sino que se meten dentro y tienen la indecencia de
besarme. La oscuridad los ampara.
Me
da mucho miedo la oscuridad. Cada día por un motivo diferente.
domingo, 4 de enero de 2015
4. Exámenes
Estoy
en época de exámenes, y eso siempre implica que durante mes y medio mi cerebro
no debería remarco el debería) pensar en otra cosa que no fueran las materias a
examinar durante el mes de enero (mayo en el segundo cuatrimestre) Esta
restricción desemboca en que mi mente empieza a divagar por todo tipo de temas
que no tienen nada que ver con la inmunología o la parasitología. Me planteo
cosas, me cuestiono decisiones. ¿Por qué elegí esta carrera? ¿Quién me mandó
meterme en ella? ¿Por qué no una en la que hubiera que dedicar menos horas? La
única conclusión extraigo cada vez que me amargo con estos interrogantes es que
la universidad me está robando unos años preciosos.
La
gente no hace más que decirme “la universidad es el mejor momento de la vida”.
Quizá tengan razón. No trabajas (si tienes suerte), estudias y dispones de
cierta libertad. Plena, si eres tan afortunadx que cuentas con una habitación
en un piso de estudiantes. El mundo se empieza a abrir ante ti, conoces gente
nueva, te enfrentas a situaciones en ocasiones bastante kafkianas por ti mismx,
y te das cuenta de que puedes salir airosx. Personalmente, en todo el tiempo
que ha pasado desde que comencé este viaje, hace cuatro años, mi mente se ha
expandido, mis metas se han metamorfoseado, mis prioridades, humanizado. Desde
que salí del instituto, deseosa de comerme el mundo, hambrienta de conocimiento
, con ganas de triunfar en la carrera que estaba a punto de iniciar, a ahora,
creo que ha habido muchos cambios internos gracias a la gran cantidad de
personas con las que, sin que te des cuenta, interaccionas en ese ambiente tan
plural.
El
asunto es que me ha absorbido tres años, este será el cuarto. La búsqueda
inútil de la perfección me cegó los dos primeros años. Los dos últimos está
siendo, simplemente, acabar. Que termine todo. Huir de aquí. Huir, volar,
despegar… ¿a qué? Más estudiar, formarse, máster, quizá doctorado. Nadie te
promete un trabajo al final, nadie te asegura que valorarán tu empeño, que tu
esfuerzo y sacrificio será recompensado, y es lo que todo el mundo elige. ¿Por
qué? Hay más salidas, y poca gente se las plantea.
Total
que aquí estamos, otro enero más. Las paredes de mi cuarto son tan familiares
para mí como la palma de mi mano. Cada grieta, cada mancha la he memorizado, lo
que sea con tal de levantar la cabeza de los folios que tienen secuestrada mi
mirada y gran parte de mi atención. Fuera hace sol, incluso entra calorcito
pese a ser pleno invierno. Últimamente las navidades parecen haber tomado un
clima perfecto para salir a una terraza a tomar algo, leer, o simplemente ver la
vida pasar. Pero estoy enclaustrada, memorizando, embutiendo en mi cabeza
conocimientos que dejan de ser interesantes en el momento en que debo obligarme
a leerlos y leerlos hasta que se graben en mi cerebro. Ese es el problema. Que
me gusta lo que estudio, hasta que tengo que estudiarlo. En ese momento en que
me veo privada de mi libertad, en el que los días pasan sin sentirlos, y
distingo el día de la noche por el período de sueño, es cuando lo aborrezco, y
dejo de querer saber nada de ello. Bien influyen otros factores, pero no vienen
al caso.
Tengo
los ojos cansados, el bolsillo vacío de comprar subrayadores y bolígrafos,
folios y tinta, imprimir apuntes. La montaña de hojas se ha ido haciendo grande
con los días y ahora parece inexpugnable. Meto mi cabeza en ellos desde que me
levanto (que soy capaz de levantarme, porque el madrugar cada vez se me hace
más imposible) hasta que me acuesto, con pequeñas pausas para comer y llorarle
a mi madre un poquito de libertad. Y no dejo de pensar en cómo pasan los días, en
que tengo 21 años y no he hecho nada de
provecho para la humanidad, o para mí misma. Me hago constantemente la misma
pregunta que, pese haberla leído en una web de humor, me parece bastante seria.
Si la vida se trataba de dormir, comer y follar, cómo se nos ha ido tanto de
las manos? Y es cierto. No busco incitar a una simplificación tan brutal de la
existencia del ser humano, sin embargo, las complicaciones que hemos tenido la
maravillosa idea de cargarnos a la espalda por amor al arte, esas sí que las
eliminaría, las erradicaría. Centrándonos en la universidad, ojalá no fuera una
condición imprescindible para ser “alguien de provecho”, aunque hoy ya no te de
seguridad de nada. Debes estudiar porque sí. Porque si ya es difícil trabajar
teniendo estudios, imagínate sin tenerlos.
Confieso
que me gusta estudiar. Adoro aprender, escuchar, descubrir nuevos conceptos,
pese a que mi mente los olvide a los dos días de haberlos adquirido. Porque
tengo una memoria así de volátil, lo que en cierta manera es agradable; releer
un libro es casi como encontrarse frente a él por primera vez. Por ejemplo.
Sin
embargo, el método de estudio que se sigue actualmente me resulta absolutamente
contraproducente. Memorizar y vomitar en el examen. Agobio, exámenes. Me parece
una pérdida de tiempo, una mamarrachada. Un examen no te representa como
persona. La calificación que obtienes no es una realidad, y sin embargo te
limita, te clasifica (porque los seres humanos tenemos una gran necesidad de
clasificarlo todo, no dejar nada a su libre albedrío, porque podríamos no
comprenderlo y ser terrorífico). Puedes tener un mal día y, después de todo el
esfuerzo, de unas navidades bien amargas, obtener un cinco (y gracias a que el
profesor se sentía benévolo y ha decidido contar por lo alto), mientras que
otra persona puede tener el golpe de suerte que a ti te ha abandonado. Y ahí
queda reflejado el número, se ríe de ti, queda para siempre registrado como una
falsa medida de tu esfuerzo, un intento de diagnosticar la valía de tu cerebro.
Totalmente falso. Y por ello nos movemos.
De ahí
nacen las rivalidades, las ansiedades, los agobios, de ver que todos avanzan y
tú siempre raspas el aprobado. La desmotivación se apodera de ti hasta que
torna tus ansias de ser el/la mejor en conformarse con obtener un simple
aprobado. Y lo que parece mediocre al principio de la resignación, hoy puedo
afirmar que es la mejor decisión que puedes tomar, libre o forzosamente. Porque
sin dejar de esforzarte, desaparecen gran parte de las ansiedades que alteran
el sueño, amargan la existencia durante mes y medio. Buscas aprobar, y pasar a
otra cosa. Y se nota en la calidad de vida. Porque pese a estar recluida, no me
arrepiento si salgo una noche a cenar, o una tarde voy a asistir la crisis de
alguna amiga enamorada. La búsqueda de la excelencia es el camino perfecto para
la infelicidad. Porque cuando no la alcanzas, y ves que te quedas renqueante
por el camino, empiezas a hundirte en un oscuro pozo de autodestrucción y
desvanecimiento del autoestima que afecta a tu persona y a quienes te rodean. Y
lloras, te maldices, te infravaloras. El año pasado me descubrí llorando (y me
descubrió mi madre también) por una baja calificación. ¿Qué es eso? ¿Cómo me
atrevo? Estaba aprobada y sin embargo moqueaba y tenía la respiración agitada.
Llorar por una nota, como si no hubiera otras desgracias en la vida, como si
eso fuera una desgracia. Ahí estaba, ahogada en un mar de lágrimas porque me
encontraba por debajo de la media, porque no llegaba, por inepta. ¿Por inepta?
Ese número no me representa. No soy yo, ni lo fui, ni lo seré. Sin embrago me
afectó de tal manera que no levanté cabeza en todo el día.
¿Es esa
la clase de vida que queremos? Depender nuestro ánimo de unas cifras que no
tienen ninguna importancia sobre la vida real. La vida va sobre sentimientos,
va sobre supervivencia, relaciones con el medio, con otros seres humanos, que
también sufren, tienen miedos, aspiraciones, que necesitan amor, abrazos,
dulzura, empujones para seguir adelante. Eso
no nos lo enseñan en ninguna parte. Eso no nos examinan, no dan clases,
no lo valoran, y sin embargo, es la parte más importante de la vida.
La
inteligencia emocional, eso es lo que realmente debiera medirse, y no solo la
capacidad de raciocinio que nos hace olvidarnos de dónde venimos, lo que somos,
animales. Racionales, pero siempre, animales.
sábado, 3 de enero de 2015
3. Comida familiar en casa de mi madre
La
Navidad. Ese precioso momento post-verano en el que la operación bikini parece
un trauma del pasado o una tortura del futuro. Donde está permitida la ingesta
de cantidades enormes de calorías en forma de turrones, pasteles, y cocidos de
la abuela. Es en este corto pero intenso lapso de tiempo cuando
irremediablemente te encuentras ante un reto alimenticio, las comidas de
Navidad. Ya sea de empresa, familiares o con los amigos, la filosofía es la
misma. Te hartas a comer lo que quiera que se sirva, desde platos de jamón con
queso a arroz del puchero de tu abuela, dejando por supuesto el estómago del
postre libre para poder degustar, al terminar con la montaña de comida que te
han puesto delante, todos los tipos posibles de dulces típicos de las fechas.
Turrón de chocolate, de nata, de nueces, pasteles de boniato, de cabello de
ángel, suspiros, polvorones normales, con chocolate, mantecados, peladillas,
tortas Cristina, y esos deliciosos bombones de chocolate con avellana en el
medio.
Cada
comida de Navidad es un mundo, pero las familiares, que son las que mejor
conozco, son el mundo de los mundos. Cada familia es un universo alternativo en
el cual hasta las leyes de la física se ven alteradas. En mi caso, cada año,
soy partícipe de dos eventos tan similares en concepto y tan diferentes en
procedimiento, como son las comidas familiares con la familia de mi padre, y la
de mi madre.
La
familia de mi madre es realmente curiosa. Seis hermanos que hacen honor a su
nacionalidad, con la sangre del pueblo valenciano hirviendo en sus venas.
Dicharacheros, con carácter, familiares. Sin respeto hacia lo material cuando
se trata de disfrutar de la compañía de los, cada vez menos presentes,
familiares. Así que ahí nos plantamos, ese día fatídico del año, con los
estómagos vacíos y los corazones llenos de ganas de vernos reunidos todos los
primos, de que los hermanos se reúnan y compartan de nuevo gratos recuerdos del
pasado.
La
comida empieza a fluir. Es signo de éxito de una comida familiar que esta
termine con un café a las seis de la tarde, habiendo comenzado el ritual poco
más allá de las tres. Un constante río de comida que se alarga tanto como se
empieza a expandir tu estómago, aparentemente insaciable ante este ambiente
jovial. Tú engulles y engulles, hablas con la boca llena y sigues deglutiendo
cada bocado que entra en tu boca. El botón del pantalón aprieta, la goma de las
medias empieza a marcarte de tal manera que si antes parecías una elegante
guitarra, ahora has pasado a la categoría de 8 morcillón, y pareces no tener
fin hasta que miras el reloj. Has pasado dos horas comiendo entrantes, jamón,
papas, untando en traicioneras tostaditas integrales todo tipo de patés y
quesos, arroz del plato de los niños, pedazos de carne con diferentes salsas,
todo casero si tienes suerte. Tu boca es una orgía de sabores y tu estómago te
suplica que lo mates ya y dejes de torturarlo. Pero es navidad. Y el propósitode año nuevo lo dejas para el 7 de enero, cuando oficialmente empieza el año.
La vuelta al cole.
Es
totalmente lícito acompañar las enormes cantidades de comida con todo tipo de
bebidas, normalmente alcohólicas, a fin de lubricar el gaznate y que todos
estos comestibles puedan descender al estómago sin causar excesivas molestias.
Es el momento en el que, sobrinos y nietos que acaban de cumplir la mayoría de
edad, acompañan a sus mayores en una afable borrachera (para los jóvenes
normalmente, ya una vieja conocida). Y se formulan preguntas e inquietudes como
¿ya te gusta la cerveza desde el primer trago? ¿Tan cargado quieres el
gin-tonic? ¿Quieres un chupito de licor de manzana, o será demasiado fuerte?
La
cima de las comidas navideñas la alcanzas con el surtido de dulces que se
presenta ante ti como un premio bien merecido. El postre soñado, una carta de
sabores que buscan extasiar tus papilas gustativas una última vez, llenando tu
boca de espíritu navideño y chocolate. El estómago del postre aplaude mientras
el estómago estándar suda por digerir toda la metralla que le has regalado
hasta hace escasos minutos. Te dices que probarás SOLO un poquito de cada cosa.
El problema es que hay más de diez cosas diferentes. Pero no te acobardas. Y
allá que arramblas con toda la bandeja, sin pensar en el vestido que te has
comprado que te estaba algo justo, en el mini-bikini que compraste a finales de
agosto para el año que viene, en el botón que puede cegar a quien esté sentado en
frente al salir disparado. Te entregas al placer del chocolate navideño (que al
fin y al cabo, es lo mejor que puedes hacer en estos momentos, olvidarte de las
grasas y disfrutar; siempre estás a tiempo de coger una bicicleta y quemar el
arrepentimiento estúpido e infundado que pueda nacer)
El
punto final se pone con un café que casi sabe a merienda, a las seis de la
tarde. Con todo lo que has comido, es imposible conocer el destino de este. Sencillamente
lo dejas caer por tu garganta y rezas para que no entre en tus pulmones. Si
consigue encontrar el camino correcto, ya no te importa. Con sacarina, eso sí.
No sea que te engorde.
Como
he dicho, son distintos modos de proceder. Quizá en tu casa no hagan arroz sino
tortilla, o vayáis a un caro restaurante y lo único casero sea la lámpara de la
sala. Pero el objetivo de estas comidas es el mismo: adquirir el volumen
similar al de una bola de playa al terminar y poder desplazarte rodando, plenx
de alegría familiar y de comida que ha llegado a ti por simple gula.
Que
bellas son las navidades, y qué bonito es reunir a la familia, aunque sea una
vez al año, para recordar tiempos mejores, para sorprender con buenas nuevas,
para darte cuenta de lo imbéciles que son algunos, y lo bien que le sienta la
edad a otros. Y qué bonito es comer en buena compañía.
viernes, 2 de enero de 2015
2. Propósitos de año nuevo
Estamos a día 2 de enero del recién estrenado
2015. Todo el mundo nos hemos preparado alguna vez un listado de propósitos,
deseos, bravuconadas que llevar a cabo a partir de la doceava campanada y
durante los 365 días siguientes. Nos armamos de valor, confiamos en nuestro yo
de los próximos mañanas, y decidimos que somos capaces de ir al gimnasio todos
los días, escribir un libro, hablar con todas las amistades que hemos
descuidado todos los días, hacer cientos de viajes, excursiones. Que podemos
enamorarnos a nuestro gusto, eligiendo el momento y la persona. Los últimos
momentos del año son minutos mágicos que nos dotan, con cierto realismo, de la facultad
de sentirnos capaces de todo.
¿Cuánto nos duran esas pequeñas intenciones? ¿En
qué momento del año se nos acaba el polvo de hadas? Dejamos de ir al gimnasio
bajo estúpidos pretextos, abandonamos la historia porque nos falta inspiración,
o no nos vemos suficientemente capacitados para llevarla a término. Empezamos a
olvidar a aquellos que no habíamos olvidado el año pasado, y la balanza de las
amistades se desplaza, y los viajes se reducen a un fin de semana en la casa de
verano de algún amigo, a 30 kilómetros de tu casa.
Quizá cada propósito tenga una fecha de
caducidad. Cuando lo planteas y te parece que tiene sentido, que puede
realizarse, se reúnen todas las características necesarias para que se cumplan
y deciden si realmente es viable o estás extasiadx de energía y optimismo. Y
así, el gimnasio termina por desaparecer de entre tus prioridades la primera
semana de marzo. El libro se viene abajo el día 7 de enero y los deseos de
viaje, a final de mes. ¿Existen los propósitos cumplidos? Si es así, ¿puedes
volver a repetirlos al año siguiente? ¿O quedan vetados durante los siguientes
365 días?
Quizá, tras un año de intenso ejercicio, el día 1
de enero del año siguiente a cumplir tus objetivos, tienes prohibida la entrada
a cualquier gimnasio. Los dueños te miran y te llaman abuson(a), y lxs runners
de los parques te hacen bulling. No. Eso no ocurre. Entonces, ¿qué pasa? ¿En
qué se convierte un propósito cuando se cumple? ¿Termina en rutina, desaparece?
¿Qué función tienen los propósitos?
Nos los marcamos con la intención de alterar
nuestras vidas a mejor, nos proponemos un cambio con optimismo para perfeccionar
nuestro día a día con el esfuerzo de incorporar a nuestra rutina una actividad
extra. Cuando está totalmente incluida y no cuestionamos el llevarla a cabo
sino que llegamos a veces a automatizarla, ¿qué nos planteamos al año
siguiente?
Si resultamos ser personas con enorme capacidad
de determinación, y cada propósito que nos planteamos terminamos cumpliéndolo y
fagocitándolo en nuestro horario, ¿qué nos queda al final de varios años?
Nos quedan días absolutamente rebosantes de
actividades, donde el descanso, que en su momento fue un propósito, termina
siendo una actividad monitorizada que hace que pierda su esencia. Obligados a
descansar, que curioso.
No, los propósitos de año nuevo están para
incumplirlos. Como las leyes. Por un bien común. Por no agobiarnos en un futuro
por todas las cosas que debemos hacer, y tener que proponernos, en algún
momento, dejar de hacer todo lo que conseguimos con propósitos anteriores.
Porque el tiempo es finito. Dejar el gimnasio en marzo te puede permitir una
hora de pronto en una cafetería con tus amigos, o la capacidad de improvisar un
paseo por la montaña. O la playa. No escribir la historia deja la mente libre
para que se ocurran mil temas abiertos, que sirvan para ordenar la mente y
descubrir algo nuevo de ti mismx. Nos permiten iniciar un año más con optimismo,
con fuerzas renovadas, con ganas de vivir día tras día con el fin de
demostrarnos que podemos llevar a cabo algo que requiere cierto esfuerzo, algo
personal. Que aunque parezca a priori ridículo, nos reafirma como personas con
fuerza de voluntad. Y nos crece.
¿Y este propósito? Esto nace de plantearme un
reto que parezca verdaderamente factible. Querer escribir durante 100 días
sobre cualquier cosa, un par de hojas, nada significativo. Sencillamente
ponerme delante de una pantalla y divagar sobre temas absurdos, o quizá no
tanto. Cada día. ¿Cuándo caducará? ¿Por qué razones? ¿Serán los exámenes? ¿La
vida social? ¿O quizá deje de tener temas sobre los que escribir? (qué triste)
Si lo cumplo, ¿seguiré escribiendo más allá de este lapso de tiempo? ¿O acabaré
tan harta que lo borraré todo? No tengo ni idea. 100 días son 2400 horas que
están por llegar, de las cuales lo único que tengo claro es que irán pasando
una tras otra, aproximándose el final del reto. Desde luego, será el primer
propósito que cumpla en toda mi vida, y lo que hay más allá me resulta
absolutamente desconocido.
En realidad, no quisiera que caducara. Quisiera
que llegara el día 100 y pudiera cerrar el ciclo de escritos absurdos. Releerme
y ver cierto avance personal, reírme de las tonterías que se me ocurran y que
escriba. Porque confieso que no pienso ni reflexiono nada de lo que escribo.
Será otra condición del propósito, que todo aquello que plasme será obra y
gracia de la improvisación, para hacerlo todavía más genuino, para verme
reflejada de verdad en cada página, en cada oración. Pretendo crecer con este
propósito de año nuevo. El único que me he hecho, y que solo dura un tercio del
año.
Disculpad, miento, también me he propuesto ser feliz.
Pero ese propósito no caduca nunca.
jueves, 1 de enero de 2015
1. Pintalabios rojo.
Me encanta el pintalabios de color rojo. Desde
siempre. Hace los labios de una mujer todavía más apetecibles. Las ganas de
besarlos, de morderlos, saborearlos, se multiplican por cien cuando están
subrayados con ese tipo de pintalabios. No puedes desviar la mirada de ese punto.
Hipnotizan cuando hablan, son el blanco de todas las necesidades básicas. Las sonrisas se
vuelven agresivas, te desafían a que las contestes, irreverentes, y no puedes
evitarlo. Resultan disparos cuando, de pronto, se tensan los labios y entre
ambos aparece una línea blanca que se ensancha. Cañonazos desvergonzados que a
una le encantaría recibir en su cuello. Que quedase como un tatuaje la marca
insolente de esos labios belicosos al rozar la piel.
Ya no son solo los labios lo que atrae cuando una
mujer decide tiznarlos de carmín. Sino que voy más allá. Resulta tan llamativo
portar fresas por labios que se precisa de una gran seguridad para aceptar ser
el blanco de todas las miradas que tengan fetichismo con el color rojo. Y es
eso lo que más atrae de una mujer con los labios de ese color. Se crece con las
miradas, no se esconde, no tiene miedo a llamar la atención. Sino que lo busca.
Pintarse los labios de este tono resulta una declaración de intenciones en
toda regla que merece el aplauso de todos los que no podemos apartar la mirada
de unos labios bien rojos cuando estos se dirigen hacia nosotros.
Ayer me compré por primera vez un pintalabios
rojo. Desde mi timidez e inseguridad, escogerlo fue todo un reto. Comencé
decantándome por rojos que apenas eran burdos chistes del color. Sin embargo,
mi mano cogió en algún momento una barra mucho más intensa que cualquiera de
las anteriores. En mi interior, una loba se revolvió en su jaula de metal. ¿Por
qué no? Al probarlo en mi mano, me encantó. Le daba mil patadas a todos los
pintalabios anteriores. Sin embargo, todavía probé tres más hasta dar con el
indicado.
Me quedé mirando la mano, que parecía una réplica
del rostro de un indio apache, con tantas líneas de tantas pruebas. Por un lado, los pintalabios
apagados, que la parte más discreta de mi ser que ha regido siempre mi vida se empeñaba
en elegir. Que no llamasen la anterior, suficientes para esconder la palidez
que acoge a mis labios de vez en cuando. Por otro lado, toda la gama de rojos
que hacen despertar a una fiera que lleva 21 años sedada y que ahora lucha por
dejarse ver.
Decidí decantarme por los aullidos que rogaban por la libertad. Sin embargo,
dentro de todos ellos los había de diferentes tonalidades, de nuevo debía elegir. Fresa, sandía, manzana
envenenada de Blancanieves. Escogí el más rojo. Me quedé con ese. Y antes de darme
tiempo a reflexionar sobre la posible utilidad que le vaya a dar, lo pagué. Ya
era definitivo.
En mi casa, frente al espejo, lo probé por
primera vez. El resultado hizo que me recorriera un escalofrío por la espalda.
Me miré y, sin verme, me vi. Sin adivinarme, me supuse. Que ahí estaba yo, que
era yo, que solo había puesto un poco de color en mis labios, pero parecía
cambiada. Sonreí, y un látigo chasqueó en mi cabeza. Me reí ante la imagen que
me devolvía el espejo y sonó un disparo. Esa imagen, tan curiosa, me resultó
atractiva. Sentí que mi seguridad aumentaba tanto como había aumentado la
intensidad con la que los labios se hacían distinguir sobre mi pálida piel. Me
veía fuerte, capaz de comerme el mundo, y dejarle marca en cada bocado. Me reía
de las sensaciones que me provocaba el simple hecho de haberme pintado los labios.
Pero ahí estaban, intensas; el pulso acelerado, las mejillas sonrosadas, el pecho
henchido de orgullo y seguridad, la fiera abriendo una jaula que ya se le estaba
quedando pequeña.
Me asaltó una nueva inseguridad. ¿Sería capaz de
salir con esto a la calle? ¿Capaz de aguantar las miradas? ¿De aguantar que me
juzgasen todos aquellos que no soportan ver a alguien salir de lo discreto y
normal? Yo, que siempre he sido correcta, ¿me atrevería?
La elección del momento para exhibirme confieso
que fue bastante cobarde. Elegí refugiarme en la masa de labios rojos en la
última noche del año, donde no sería la más mirada, donde no habría opción a
juicio por la elección del color con el que resaltar mi boca. Caminé esa noche
en armonía, sintiendo que la loba aullaba (todavía tímidamente). Me mordí el
labio a mí misma, y me supo a victoria sobre mis miedos.
Por eso me encantan los pintalabios rojos. Porque exteriorizan de forma simbólica la fiera que todas llevamos dentro, que a veces
queda oprimida bajo el yugo de los convencionalismos y los miedos a ser
diferentes y destacar, pese a que hoy, el pintalabios rojo, sea la moda.
El siguiente paso es declararle la guerra al
miedo diurno, y salir a pasear los labios, con la forma de corazón bien marcada
en rojo intenso, y sonreír, sin miedo, reírme de las miradas despectivas, y si
puedo, morder otros labios rojos, y encontrarme de frente con otra fiera que
quiera aullar tanto al sol como a la luna.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)