Si tengo que elegir entre frío y calor,
elijo el frío. Es muy sencillo, cuando hace frío, puedes ponerte mil capas de
abrigo y al final, dejarías de tener frío. El calor, sin embargo, una vez te
desnudas, si sigues teniendo calor, lo único a lo que puedes recurrir es al
aire acondicionado y las bebidas frías. Pero esto también existe (a la inversa)
para combatir el invierno, por lo que esos argumentos dejarían las preferencias
en empate. Es una simple cuestión de comodidad.
No es agradable abrazar a alguien cuando
está sudado y que tiene una temperatura corporal elevada, que terminas con la
piel pegada a la suya de una manera desagradable, y los sudores fusionados en
una mezcla que nada tiene de sensual. En cambio, cuando hace frío, no se suda,
no se está pegajoso. Como mucho tiritas. El frío invita a abrazarse, besarse,
taparse bajo una manta y ver películas. Hace más fácil, y deseable, el contacto
humano. Dormir pegado a alguien, en Diciembre, es la mejor propuesta que pueden
hacerte. Si me dicen eso en pleno mes de agosto, ya pueden tener aire
acondicionado en la habitación y mantenerlo encendido para que acepte.
El frío lo asocio a chocolate caliente
hecho por mi madre una tarde de aburrimiento. Al vaho que sale de las bocas
cuando respiras y que todo el mundo de pequeños hemos fingido que era humo de
tabaco (y de no tan pequeños; todavía me encanta seguir exhalando profundamente
y ver cómo asciende ese “humo”, y no corto en repetirlo de todas las maneras en
las que se me ocurre poner la boca). A duchas de las que sales con quemaduras
de segundo grado en la piel, apenas viendo a dos centímetros de mi cara del
vapor que he generado, ah, que gusto. Lo asocio a taparme con el edredón hasta
las cejas y enrollarme con él como si fuera un capullo. También pienso en una
chimenea encendida (en mi casa, solo en nochebuena) con las llamas bailando la
canción del calor hogareño y familiar. Combatir el frío es una tarea preciosa
si se tiene compañerx en las trincheras.
No voy a negar que las mañanas tienen
poco de bonito cuando tengo que salir de la guarida calentita y cómoda que me
he fabricado durante las horas de sueño para desvestirme y volver a vestirme
con ropa que está hasta rígida del frío que hace fuera. Esa es la peor parte,
porque no hay compañía que me retenga, ni calefacción encendida, ni abrazo
mientras me desvisto y me vuelvo a vestir… Estoy yo y el aire gélido de mi
habitación. Eso no ocurre en verano, es cierto. Y uno de los motivos es que
evito ponerme pijama en la medida de lo posible, porque ¡Qué calor hace por las
noches! Tanto que hay días que casi no puedo conciliar el sueño.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte,
el frío ha empezado a dejar de ser gracioso. Más allá de que no hay compañerx
de guerra con quien compartir manta y grados, resulta que por muchas capas que
lleve encima, mis manos no se calientan, llegando a tenerlas insensibles. Eso
no sería un problema si estuviera tumbada sin hacer nada. Pero no, resulta que
enero es un gran mes para los universitarios, y paso sentada la gran parte del
tiempo escribiendo en un folio. La sangre parece que no me llegue a las extremidades
superiores (entendiendo por extremidades superiores las manos y la nariz). Es
absolutamente desagradable notar cómo el frío va entrando desde las falanges
más externas de las manos, lentamente, congelándome los dedos.
Sin embargo, hasta esta congelación
tiene su parte buena. Esta es cuando pongo mis manos directamente sobre un
radiador encendido funcionando a “““máxima potencia””” (que en mi casa
significa 17 grados de temperatura media). Es el placer máximo, siento que la
vida vuelve a entrarme por las manos y va recorriendo mi brazo. La sensibilidad
regresa y todo parece llenarse de arcoíris.
No es que odie el verano. Al contrario,
lo bendigo por aportarme tantas vacaciones durante mi vida estudiantil. Por
poner a la playa tan guapa y tan viva, por traer la temperatura adecuada para
poder meterme en el mar sin correr peligro de morir por hipotermia. Sin
embargo, pese a que no puedo meterme en el mar en invierno sin estar sufriendo
alguna clase de delirio suicida, diciembre también favorece a la playa. En su
soledad desértica hay cierta poesía que enamora. Miro a ambos lados de la arena
y es muy probable que esté sola. El mar y yo. Nada más. Se puede escuchar con
precisión el oleaje, que si resulta un día
ventoso, es muy fuerte, salvaje, lo que lo hace todavía más seductor.
Sus aguas se tornan grises en vez del azul tan vivo que tienen en verano. Más
misteriosas, parecen esconder todavía más eternidad de la que esconden un día
cualquiera. El mar en invierno es otra historia. Y el frío que sale de él, el
viento salado que hiela con más fuerza, es otro tipo de delicia.
Cualquier estación tiene sus cosas
buenas y sus cosas malas. La primavera llena de esperanza con cada brote,
abusando del verde en su vida. Y el otoño tiñe de cierta melancolía la vida,
con sus tonos marrones y sus hojas escondiendo el suelo. El verano tiene la
vida y el calor de los niños. Pero para amar el invierno hace falta amar el
frío en todas sus facetas. Amar que la nariz parezca un cubito de hielo, porque
los besos en ella son más intensos. Las manos frías porque cuando te las cogen
te dan calor y cariño. Para amar el invierno hay que ser muy listo, y saber que
detrás de todo lo que puede parecer un defecto hay mil virtudes. El frío se
convierte en aliado del amor y la ternura.
Al final resulta que el mejor momento
para enamorarse es en invierno. Y yo encerrada en mi casa estudiando. Así me va
en el amor.
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