martes, 6 de enero de 2015

6. Frío

Si tengo que elegir entre frío y calor, elijo el frío. Es muy sencillo, cuando hace frío, puedes ponerte mil capas de abrigo y al final, dejarías de tener frío. El calor, sin embargo, una vez te desnudas, si sigues teniendo calor, lo único a lo que puedes recurrir es al aire acondicionado y las bebidas frías. Pero esto también existe (a la inversa) para combatir el invierno, por lo que esos argumentos dejarían las preferencias en empate. Es una simple cuestión de comodidad.
No es agradable abrazar a alguien cuando está sudado y que tiene una temperatura corporal elevada, que terminas con la piel pegada a la suya de una manera desagradable, y los sudores fusionados en una mezcla que nada tiene de sensual. En cambio, cuando hace frío, no se suda, no se está pegajoso. Como mucho tiritas. El frío invita a abrazarse, besarse, taparse bajo una manta y ver películas. Hace más fácil, y deseable, el contacto humano. Dormir pegado a alguien, en Diciembre, es la mejor propuesta que pueden hacerte. Si me dicen eso en pleno mes de agosto, ya pueden tener aire acondicionado en la habitación y mantenerlo encendido para que acepte.

El frío lo asocio a chocolate caliente hecho por mi madre una tarde de aburrimiento. Al vaho que sale de las bocas cuando respiras y que todo el mundo de pequeños hemos fingido que era humo de tabaco (y de no tan pequeños; todavía me encanta seguir exhalando profundamente y ver cómo asciende ese “humo”, y no corto en repetirlo de todas las maneras en las que se me ocurre poner la boca). A duchas de las que sales con quemaduras de segundo grado en la piel, apenas viendo a dos centímetros de mi cara del vapor que he generado, ah, que gusto. Lo asocio a taparme con el edredón hasta las cejas y enrollarme con él como si fuera un capullo. También pienso en una chimenea encendida (en mi casa, solo en nochebuena) con las llamas bailando la canción del calor hogareño y familiar. Combatir el frío es una tarea preciosa si se tiene compañerx en las trincheras.
No voy a negar que las mañanas tienen poco de bonito cuando tengo que salir de la guarida calentita y cómoda que me he fabricado durante las horas de sueño para desvestirme y volver a vestirme con ropa que está hasta rígida del frío que hace fuera. Esa es la peor parte, porque no hay compañía que me retenga, ni calefacción encendida, ni abrazo mientras me desvisto y me vuelvo a vestir… Estoy yo y el aire gélido de mi habitación. Eso no ocurre en verano, es cierto. Y uno de los motivos es que evito ponerme pijama en la medida de lo posible, porque ¡Qué calor hace por las noches! Tanto que hay días que casi no puedo conciliar el sueño.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el frío ha empezado a dejar de ser gracioso. Más allá de que no hay compañerx de guerra con quien compartir manta y grados, resulta que por muchas capas que lleve encima, mis manos no se calientan, llegando a tenerlas insensibles. Eso no sería un problema si estuviera tumbada sin hacer nada. Pero no, resulta que enero es un gran mes para los universitarios, y paso sentada la gran parte del tiempo escribiendo en un folio. La sangre parece que no me llegue a las extremidades superiores (entendiendo por extremidades superiores las manos y la nariz). Es absolutamente desagradable notar cómo el frío va entrando desde las falanges más externas de las manos, lentamente, congelándome los dedos.

Sin embargo, hasta esta congelación tiene su parte buena. Esta es cuando pongo mis manos directamente sobre un radiador encendido funcionando a “““máxima potencia””” (que en mi casa significa 17 grados de temperatura media). Es el placer máximo, siento que la vida vuelve a entrarme por las manos y va recorriendo mi brazo. La sensibilidad regresa y todo parece llenarse de arcoíris.

No es que odie el verano. Al contrario, lo bendigo por aportarme tantas vacaciones durante mi vida estudiantil. Por poner a la playa tan guapa y tan viva, por traer la temperatura adecuada para poder meterme en el mar sin correr peligro de morir por hipotermia. Sin embargo, pese a que no puedo meterme en el mar en invierno sin estar sufriendo alguna clase de delirio suicida, diciembre también favorece a la playa. En su soledad desértica hay cierta poesía que enamora. Miro a ambos lados de la arena y es muy probable que esté sola. El mar y yo. Nada más. Se puede escuchar con precisión el oleaje, que si resulta un día  ventoso, es muy fuerte, salvaje, lo que lo hace todavía más seductor. Sus aguas se tornan grises en vez del azul tan vivo que tienen en verano. Más misteriosas, parecen esconder todavía más eternidad de la que esconden un día cualquiera. El mar en invierno es otra historia. Y el frío que sale de él, el viento salado que hiela con más fuerza, es otro tipo de delicia.
Cualquier estación tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. La primavera llena de esperanza con cada brote, abusando del verde en su vida. Y el otoño tiñe de cierta melancolía la vida, con sus tonos marrones y sus hojas escondiendo el suelo. El verano tiene la vida y el calor de los niños. Pero para amar el invierno hace falta amar el frío en todas sus facetas. Amar que la nariz parezca un cubito de hielo, porque los besos en ella son más intensos. Las manos frías porque cuando te las cogen te dan calor y cariño. Para amar el invierno hay que ser muy listo, y saber que detrás de todo lo que puede parecer un defecto hay mil virtudes. El frío se convierte en aliado del amor y la ternura.

Al final resulta que el mejor momento para enamorarse es en invierno. Y yo encerrada en mi casa estudiando. Así me va en el amor.

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