jueves, 8 de enero de 2015

Propósito abandonado hasta fin de exámenes.

miércoles, 7 de enero de 2015

7. Mis piernas

Estos días me he dado cuenta de que me gustan mis piernas cuando llevo medias negras. Parece una tontería, pero no lo es. Siempre he tenido un grandísimo complejo con mis piernas, casi tan grande como ellas. No me gustan, las veo gigantes (en lo que se refiere a volumen, porque de longitud las veo bastante cortas) Por eso siempre he evitado llevar vestidos cortos o pantalones pitillo. Todo ancho, todo largo, para dejar que la imaginación supere a la realidad y no parezcan piernas de caballo.
Hace poco le dije a mi madre que quería vestirme más femenina (ella enloqueció de gozo, por fin una hija). Propuse la opción de comprarme un vestido para diario, algo que hasta hace poco nunca se me habría ocurrido. Pero últimamente me apetece. He aborrecido los vaqueros y las camisetas, necesito algo nuevo, que me acerque a mí. Et voilà. Esto se ha traducido en un lindo vestido negro y rojo (porque aunque haya decidido ser más femenina, es difícil que consiga eliminar del todo el negro de mi armario; lo amo por encima de todos los colores, a él y a su arte para disimular michelines)
Además de tratarse de un vestido para llevar un día normal, resulta que no es hasta los tobillos, sino que llega hasta arriba de las rodillas, lo cual, pese a que son bastante cortas, deja un margen importante en el cual pueden verse mis piernas (bajo unas tupidas medias negras, porque hace un frío que pela). Delante del espejo estoy acostumbrada a verlas, me he probado cientos de vestidos de diferentes longitudes, pantalones  más o menos apretados, he hecho el idiota con leggins cuando no podía estudiar más, e incluso sin pantalones. Sin embargo, nunca me había parado a observarlas en acción, hasta el otro día, en la capital.
Me lo puse por primera vez, y enfundada en mi abrigo y esas medias bien tupidas, salí a la calle en dirección a una boca de metro. Pasé por delante de un portal con alta densidad en cristales. Por el rabillo del ojo me vi pasar fugaz, y lo primero que capté inconscientemente fue la estela de mis piernas. Me dije “oye, pues no están mal”, pero fue tan rápido y tan inconsciente todo que en el siguiente portal me giré de manera activa a verme pasar. Me hice un repaso de arriba abajo como los que hacen (dicen) las mujeres cuando ven aparecer a otra en la misma habitación que puede resultar una amenaza para ella, o cuando alguien se te come con la mirada. No se exactamente cómo fue, pero el hecho es que me miré bien mirada mientras caminaba, sin detenerme. Y me maravillé. No por mis piernas, que las tengo muy vistas de tanto procrastinar frente a un espejo, sino por lo que me transmitieron. Al mirarlas no quise apartar la mirada inmediatamente. No me resultaron repulsivas, obesas totales ni nada por el estilo (que es lo que suelo pensar cuando las miro). Me transmitieron fuerza. Verlas dar pasos, pequeños pero seguros, no me parecí yo andando. Desde una se ve tan diferente. Me dije “Wow, ¿esa soy yo?”. Las pisadas tenían fuerza, las piernas se la daban. Estaban bien contorneadas, no caían fofas.
En su gran tamaño se plantaban e imponían seriedad. El color negro les daba hasta un toque seductor que jamás había percibido. Me sentí bien aun viéndoseme las piernas. Es cierto, tapadas por unas medias negras. Todavía queda mucho camino hasta que me sienta a gusto con mis piernas al desnudo. Un camino tan largo como el adelgazarlas. Pero las medias sí que dejaban ver la forma, las dimensiones. Y contra todo pronóstico, me sentí a gusto con ese vestido corto (que en realidad no es tan corto como los que llevan normalmente las chicas de 21 años, pero sí mucho más corto de lo que nunca he llevado yo) Cada vez que me lo pongo, con mis dulces manoletinas rojas y mis medias negras mágicas, tengo ganas de comerme el mundo, de ir correteando por cualquier calle, saltar a la espalda de alguien y que me lleve a caballito corriendo. O correr detrás de ellx. Me siento ligera de una manera extraña, y mis piernas, firmes compañeras de cualquier viaje, me resultan cómodas. Sigo siendo consciente de su tamaño y su peso, de que no son las piernas más bonitas del universo. Todavía arrastro miles de complejos respecto a ellas. Pero son mías. Me permiten caminar, correr, saltar. Y llevarlas con las medias me hace darme cuenta de que, bueno, nadie se horroriza, que son dos simples piernas, personales. Punto.
No son piernas de modelo, de hecho, son la mitad de largas por el doble de anchas, pero nadie pone cara de repugnancia (aparte de mí) cuando las miran, incluso en la playa (si es que alguien las mira). Son normales. Incluso mejor que normales. Son hiper especiales para mí, me permiten moverme, tenerme en pie, golpear un balón, hacer enroscarme con quien quiera, saltar para llegar al último estante de la alacena.
Este vestido me ha desestigmatizado estas extremidades, lo cual es importante, porque de él pueden venir otros vestidos, quizá un poco más cortos. Y aumente mi seguridad en mí misma. Porque ¡vaya! Parece que, pese a estar cubiertas, empiezan a gustarme mis piernas.
El auténtico paso, la gran victoria vendrá cuando, sin medias ni espejos, me mire mis piernas y diga “me gusta lo que veo”. Para eso no sé si lo que necesito es adelgazar  (que también, no únicamente por verme bien y sentirme a gusto, sino porque es necesario mantener una dieta equilibrada) o “sencillamente” llevar un proceso de autoaceptación que puede ser eterno y muy complicado, seguramente imposible dado que llevo 21 años con ellas y apenas ha habido mejoría salvo esta. No, no la voy a desprestigiar. Es una gran mejoría, pero de ella a mirarme y no horrorizarme hay por lo menos tres cañones del colorado.
Poco a poco se llega lejos. Por el momento voy a abusar de ese vestido y de mis maravillosas medias. Quizá compre otro en la misma tienda, que las deje al aire, que pueda enseñarlas, para que me den ganas de brincar con otros colores. No ignoraré el camino que me queda por andar, porque es mucho. Son muchos años de complejos e inseguridades. Por eso, haber visto en ese portal una figura que, en vez de parecer un oso morcillón, parecía una muchacha alegre y segura, es algo muy importante para mí. Algo que, pese a ser tan superficial, me ha regalado ese simple vestido. Tal vez el proceso ya se hubiera llevado a cabo en mi interior y solo me hacía falta ponerlo de manifiesto. Bien, pues el vestido ha sido el catalizador, el escenario, no se. Solo sé que tiene un papel importante en todo esto.
Seguiré intentando adelgazar, por supuesto. Pero por el camino seré consciente que, al inicio de todo, no me sentí tan absolutamente incómoda para abandonar mi volumen. Que he sabido ser bonita para mí misma. Y aun así, he decidido adelgazar. Creo que será una vía más sana para llevar a cabo el proceso, porque así no representa tanto una huida de mí como un camino más hacia ninguna parte. Una manera de experimentar cosas nuevas. Por cambiar.
Todavía no estoy en ese extremo de autoaceptación, pero llegaré, y entonces, adelgazar será simplemente una aventura más, y no lo que viene siendo hasta ahora, el único billete que me da la sensación que puede conducirme a ser feliz conmigo misma en vez de afrontar mi físico con cobardía y esconderme de él tras las reducciones calóricas y las insulsas ensaladas de lechuga con lechuga y ligeros toques de tomate que la hacen todavía más insulsa (no soporto el tomate)

Llevo haciendo dietas desde los 3 años, creo que empezar una no solo por adelgazar y escapar, será toda una novedad. Me acerco a ese inicio, pero queda muy lejano. Por el momento, seguiré masticando zanahorias y diciendo que no cuando se me ofrezca un dulce. Menos mal que ha pasado la Navidad y todo el mundo está asqueado de este sabor.

martes, 6 de enero de 2015

6. Frío

Si tengo que elegir entre frío y calor, elijo el frío. Es muy sencillo, cuando hace frío, puedes ponerte mil capas de abrigo y al final, dejarías de tener frío. El calor, sin embargo, una vez te desnudas, si sigues teniendo calor, lo único a lo que puedes recurrir es al aire acondicionado y las bebidas frías. Pero esto también existe (a la inversa) para combatir el invierno, por lo que esos argumentos dejarían las preferencias en empate. Es una simple cuestión de comodidad.
No es agradable abrazar a alguien cuando está sudado y que tiene una temperatura corporal elevada, que terminas con la piel pegada a la suya de una manera desagradable, y los sudores fusionados en una mezcla que nada tiene de sensual. En cambio, cuando hace frío, no se suda, no se está pegajoso. Como mucho tiritas. El frío invita a abrazarse, besarse, taparse bajo una manta y ver películas. Hace más fácil, y deseable, el contacto humano. Dormir pegado a alguien, en Diciembre, es la mejor propuesta que pueden hacerte. Si me dicen eso en pleno mes de agosto, ya pueden tener aire acondicionado en la habitación y mantenerlo encendido para que acepte.

El frío lo asocio a chocolate caliente hecho por mi madre una tarde de aburrimiento. Al vaho que sale de las bocas cuando respiras y que todo el mundo de pequeños hemos fingido que era humo de tabaco (y de no tan pequeños; todavía me encanta seguir exhalando profundamente y ver cómo asciende ese “humo”, y no corto en repetirlo de todas las maneras en las que se me ocurre poner la boca). A duchas de las que sales con quemaduras de segundo grado en la piel, apenas viendo a dos centímetros de mi cara del vapor que he generado, ah, que gusto. Lo asocio a taparme con el edredón hasta las cejas y enrollarme con él como si fuera un capullo. También pienso en una chimenea encendida (en mi casa, solo en nochebuena) con las llamas bailando la canción del calor hogareño y familiar. Combatir el frío es una tarea preciosa si se tiene compañerx en las trincheras.
No voy a negar que las mañanas tienen poco de bonito cuando tengo que salir de la guarida calentita y cómoda que me he fabricado durante las horas de sueño para desvestirme y volver a vestirme con ropa que está hasta rígida del frío que hace fuera. Esa es la peor parte, porque no hay compañía que me retenga, ni calefacción encendida, ni abrazo mientras me desvisto y me vuelvo a vestir… Estoy yo y el aire gélido de mi habitación. Eso no ocurre en verano, es cierto. Y uno de los motivos es que evito ponerme pijama en la medida de lo posible, porque ¡Qué calor hace por las noches! Tanto que hay días que casi no puedo conciliar el sueño.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte, el frío ha empezado a dejar de ser gracioso. Más allá de que no hay compañerx de guerra con quien compartir manta y grados, resulta que por muchas capas que lleve encima, mis manos no se calientan, llegando a tenerlas insensibles. Eso no sería un problema si estuviera tumbada sin hacer nada. Pero no, resulta que enero es un gran mes para los universitarios, y paso sentada la gran parte del tiempo escribiendo en un folio. La sangre parece que no me llegue a las extremidades superiores (entendiendo por extremidades superiores las manos y la nariz). Es absolutamente desagradable notar cómo el frío va entrando desde las falanges más externas de las manos, lentamente, congelándome los dedos.

Sin embargo, hasta esta congelación tiene su parte buena. Esta es cuando pongo mis manos directamente sobre un radiador encendido funcionando a “““máxima potencia””” (que en mi casa significa 17 grados de temperatura media). Es el placer máximo, siento que la vida vuelve a entrarme por las manos y va recorriendo mi brazo. La sensibilidad regresa y todo parece llenarse de arcoíris.

No es que odie el verano. Al contrario, lo bendigo por aportarme tantas vacaciones durante mi vida estudiantil. Por poner a la playa tan guapa y tan viva, por traer la temperatura adecuada para poder meterme en el mar sin correr peligro de morir por hipotermia. Sin embargo, pese a que no puedo meterme en el mar en invierno sin estar sufriendo alguna clase de delirio suicida, diciembre también favorece a la playa. En su soledad desértica hay cierta poesía que enamora. Miro a ambos lados de la arena y es muy probable que esté sola. El mar y yo. Nada más. Se puede escuchar con precisión el oleaje, que si resulta un día  ventoso, es muy fuerte, salvaje, lo que lo hace todavía más seductor. Sus aguas se tornan grises en vez del azul tan vivo que tienen en verano. Más misteriosas, parecen esconder todavía más eternidad de la que esconden un día cualquiera. El mar en invierno es otra historia. Y el frío que sale de él, el viento salado que hiela con más fuerza, es otro tipo de delicia.
Cualquier estación tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. La primavera llena de esperanza con cada brote, abusando del verde en su vida. Y el otoño tiñe de cierta melancolía la vida, con sus tonos marrones y sus hojas escondiendo el suelo. El verano tiene la vida y el calor de los niños. Pero para amar el invierno hace falta amar el frío en todas sus facetas. Amar que la nariz parezca un cubito de hielo, porque los besos en ella son más intensos. Las manos frías porque cuando te las cogen te dan calor y cariño. Para amar el invierno hay que ser muy listo, y saber que detrás de todo lo que puede parecer un defecto hay mil virtudes. El frío se convierte en aliado del amor y la ternura.

Al final resulta que el mejor momento para enamorarse es en invierno. Y yo encerrada en mi casa estudiando. Así me va en el amor.

lunes, 5 de enero de 2015

5. Oscuridad

Me da mucho miedo la oscuridad. Desde siempre. Cuando era pequeña tenía una lamparita que dejaba encendida hasta dormirme para no tener miedo. Tenía un arcoíris, y nubes, no recuerdo mucho más aunque todavía la tenga en casa. Con la edad fingí dejar de necesitarla. Se supone que creces y los miedos irracionales como este, o a los payasos, desaparecen. Maduras, pones los pies en la tierra, y como por arte de magia ya no le tienes miedo a nada. O no debes tenerlo.
Pero eso es mentira. 21 años después sigue aterrorizándome la oscuridad absoluta. En mi propia casa, cuando camino de las escaleras al cuarto, y no enciendo la luz (para ahorrar, ya ves tú), o camino con los hombros bien tensos, o corro directamente hasta mi cuarto con la intención de encender de un guantazo la luz de este. ¿Por qué? Me invade un miedo irracional cuando soy incapaz de distinguir lo que me rodea.
Hace años, caminando por ese mismo pasillo, pensaba que de las puertas podía salir un vampiro dispuesto a arrancarme la carne del cuello para que mi sangre saliese más fácilmente. Desnucarme. O un zombi hambriento de un joven cerebro. Incluso que podrían salirme los dos a la vez, uno de cada puerta que cruzo hasta llegar a la de mi cuarto. Corro, ilusa de mí, como si con mis pequeñas zancadas pudiera escapar de un ser mitológico más veloz que el viento. El zombi es lo que menos me preocupa.
En mi cuarto no escapaba al miedo a que algo oculto en las sombras pudiera cernirse sobre mí. Tumbada en la cama, a punto de dormir, quizá me daba por pensar en los límites del cuarto que mi resolución ocular no alcanzaba a distinguir, que podía ser a los pies de mi cama. El miedo me aceleraba el corazón (y me robaba el sueño) imaginando que, sin yo advertirlo, algún sádico podía haber metido en mi cuarto varios pares de serpientes, de todas las especies, tamaños, colores y dolores que existen. Las imaginaba reptando hacia mi cama, sacando esa lengua bífida con la que olerían mi miedo. Introduciéndose bajo el edredón o las sábanas, bordeando mis pies, ascendiendo paralelas a mis piernas, serpenteando, enroscándose sin pudor en ellas. Empezaba a tener sudores fríos, y no me atrevía a incorporarme hasta el interruptor por si alguna serpiente interpretaba mi movimiento como un signo de desafío y saltaba hacia mí, con las fauces bien abiertas y los colmillos dispuestos a atravesarme la piel e inocularme su veneno más mortífero. En ocasiones la sugestión llegaba hasta tal punto que notaba en mis pies pinchazos, roces en mis piernas. Era una situación que la hacía a una volverse loca.
A duras penas, en ocasiones, me atrevía a sacar la mano lentamente y buscar a tientas la base del flexo. Al encenderlo, la tranquilidad volvía a mí y me serenaba al comprobar que el suelo estaba desierto y que todo eran miedos infundados. No me imagino qué es lo que habría sucedido con mi salud mental si al hacerse la luz hubiera encontrado de verdad el suelo lleno de serpientes.

Con la edad es verdad que maduras, que pones los pies en la tierra y se evaporan todos esos miedos de juventud. No me da miedo que aparezca un vampiro y se abalance sobre mí con la boca bien abierta, desnucándome, o que me persiga un lobo en las sombras. Es estúpido. Lo que me aterra es que haya alguien escondido. Una persona corriente, mortal, que haya podido colarse en mi casa y se haya visto sorprendida por mi inesperada presencia en el ala de las habitaciones. Que su única escapatoria sea atacarme. Que me pille desprevenida. Me inmovilice, me amenace, me robe, me viole.
Me da miedo que al cerrar la puerta de mi cuarto para tener un poco de intimidad en mi casa, haya detrás un maníaco, estilo película de Hollywood, dispuesto a llevar a cabo alguna fantasía fetichista horrible conmigo. Que un loco disfrazado de payaso decida robarme la última carcajada de mi vida.
Es verdad, ya no hay magia oscura que valga, ni seres que despiertan cuando se esconde el sol, o que se metamorfosean cuando anochece. No, ahora lo que hay es la realidad. El extremo más extremo de la realidad. Los enfermos, psicópatas, que andan sueltos por el mundo. Que quizá sean pocos, y seguramente la mayoría no estén ni en mi continente, pero ahí está la posibilidad.

Cuando se apagan las luces, también hay otros miedos que me acosan. Miedos que no tienen forma humana y que ahí están. Mis fantasmas personales. Mis preocupaciones. Todo lo que consigo mantener firme durante el día rebosa de la caja de olvidados y se me desborda. Me ahoga, me golpea. Ese es otro miedo, el miedo a que me golpee en la cara toda la realidad que escondo para pasar el día a día de una manera más o menos humana.
No, la oscuridad no solo encierra tétricas figuras mitológicas, asesinos maníacos. No, la oscuridad guarda en su interior todo lo que de un modo u otro nos aflige, nos tortura, nos encoge el corazón. Los sentimientos oscuros, el odio, la envidia, la tristeza. Se conjugan cuando desaparece el sol, y sus sombras en la noche son todavía más alargadas. Esos son los miedos de los adultos, los que reemplazan a vampiros y licántropos. Los que no te dicen que debes superar, sino que se empeñan en que te sumas en ellos.
Sigo corriendo cuando apago la luz del pasillo y todavía no he llegado a mi cama. A veces, todavía pienso en las serpientes y en los vampiros, no ha muerto mi niña interior. Otras, son los asesinos improbables que quizá se escondan detrás de las puertas. Y otras tantas, son las ganas de cerrar la puerta y dejar tras de mí toda la mierda que ha decorado el paisaje de mi día. Aunque en estos casos, los fantasmas no se quedan cuando cubro mi cara con una sábana (impenetrable por cuchillos y balas) sino que se meten dentro y tienen la indecencia de besarme. La oscuridad los ampara.


Me da mucho miedo la oscuridad. Cada día por un motivo diferente.

domingo, 4 de enero de 2015

4. Exámenes

Estoy en época de exámenes, y eso siempre implica que durante mes y medio mi cerebro no debería remarco el debería) pensar en otra cosa que no fueran las materias a examinar durante el mes de enero (mayo en el segundo cuatrimestre) Esta restricción desemboca en que mi mente empieza a divagar por todo tipo de temas que no tienen nada que ver con la inmunología o la parasitología. Me planteo cosas, me cuestiono decisiones. ¿Por qué elegí esta carrera? ¿Quién me mandó meterme en ella? ¿Por qué no una en la que hubiera que dedicar menos horas? La única conclusión extraigo cada vez que me amargo con estos interrogantes es que la universidad me está robando unos años preciosos.
La gente no hace más que decirme “la universidad es el mejor momento de la vida”. Quizá tengan razón. No trabajas (si tienes suerte), estudias y dispones de cierta libertad. Plena, si eres tan afortunadx que cuentas con una habitación en un piso de estudiantes. El mundo se empieza a abrir ante ti, conoces gente nueva, te enfrentas a situaciones en ocasiones bastante kafkianas por ti mismx, y te das cuenta de que puedes salir airosx. Personalmente, en todo el tiempo que ha pasado desde que comencé este viaje, hace cuatro años, mi mente se ha expandido, mis metas se han metamorfoseado, mis prioridades, humanizado. Desde que salí del instituto, deseosa de comerme el mundo, hambrienta de conocimiento , con ganas de triunfar en la carrera que estaba a punto de iniciar, a ahora, creo que ha habido muchos cambios internos gracias a la gran cantidad de personas con las que, sin que te des cuenta, interaccionas en ese ambiente tan plural.
El asunto es que me ha absorbido tres años, este será el cuarto. La búsqueda inútil de la perfección me cegó los dos primeros años. Los dos últimos está siendo, simplemente, acabar. Que termine todo. Huir de aquí. Huir, volar, despegar… ¿a qué? Más estudiar, formarse, máster, quizá doctorado. Nadie te promete un trabajo al final, nadie te asegura que valorarán tu empeño, que tu esfuerzo y sacrificio será recompensado, y es lo que todo el mundo elige. ¿Por qué? Hay más salidas, y poca gente se las plantea.
Total que aquí estamos, otro enero más. Las paredes de mi cuarto son tan familiares para mí como la palma de mi mano. Cada grieta, cada mancha la he memorizado, lo que sea con tal de levantar la cabeza de los folios que tienen secuestrada mi mirada y gran parte de mi atención. Fuera hace sol, incluso entra calorcito pese a ser pleno invierno. Últimamente las navidades parecen haber tomado un clima perfecto para salir a una terraza a tomar algo, leer, o simplemente ver la vida pasar. Pero estoy enclaustrada, memorizando, embutiendo en mi cabeza conocimientos que dejan de ser interesantes en el momento en que debo obligarme a leerlos y leerlos hasta que se graben en mi cerebro. Ese es el problema. Que me gusta lo que estudio, hasta que tengo que estudiarlo. En ese momento en que me veo privada de mi libertad, en el que los días pasan sin sentirlos, y distingo el día de la noche por el período de sueño, es cuando lo aborrezco, y dejo de querer saber nada de ello. Bien influyen otros factores, pero no vienen al caso.

Tengo los ojos cansados, el bolsillo vacío de comprar subrayadores y bolígrafos, folios y tinta, imprimir apuntes. La montaña de hojas se ha ido haciendo grande con los días y ahora parece inexpugnable. Meto mi cabeza en ellos desde que me levanto (que soy capaz de levantarme, porque el madrugar cada vez se me hace más imposible) hasta que me acuesto, con pequeñas pausas para comer y llorarle a mi madre un poquito de libertad. Y no dejo de pensar en cómo pasan los días, en que tengo 21 años  y no he hecho nada de provecho para la humanidad, o para mí misma. Me hago constantemente la misma pregunta que, pese haberla leído en una web de humor, me parece bastante seria. Si la vida se trataba de dormir, comer y follar, cómo se nos ha ido tanto de las manos? Y es cierto. No busco incitar a una simplificación tan brutal de la existencia del ser humano, sin embargo, las complicaciones que hemos tenido la maravillosa idea de cargarnos a la espalda por amor al arte, esas sí que las eliminaría, las erradicaría. Centrándonos en la universidad, ojalá no fuera una condición imprescindible para ser “alguien de provecho”, aunque hoy ya no te de seguridad de nada. Debes estudiar porque sí. Porque si ya es difícil trabajar teniendo estudios, imagínate sin tenerlos.
Confieso que me gusta estudiar. Adoro aprender, escuchar, descubrir nuevos conceptos, pese a que mi mente los olvide a los dos días de haberlos adquirido. Porque tengo una memoria así de volátil, lo que en cierta manera es agradable; releer un libro es casi como encontrarse frente a él por primera vez. Por ejemplo.
Sin embargo, el método de estudio que se sigue actualmente me resulta absolutamente contraproducente. Memorizar y vomitar en el examen. Agobio, exámenes. Me parece una pérdida de tiempo, una mamarrachada. Un examen no te representa como persona. La calificación que obtienes no es una realidad, y sin embargo te limita, te clasifica (porque los seres humanos tenemos una gran necesidad de clasificarlo todo, no dejar nada a su libre albedrío, porque podríamos no comprenderlo y ser terrorífico). Puedes tener un mal día y, después de todo el esfuerzo, de unas navidades bien amargas, obtener un cinco (y gracias a que el profesor se sentía benévolo y ha decidido contar por lo alto), mientras que otra persona puede tener el golpe de suerte que a ti te ha abandonado. Y ahí queda reflejado el número, se ríe de ti, queda para siempre registrado como una falsa medida de tu esfuerzo, un intento de diagnosticar la valía de tu cerebro. Totalmente falso. Y por ello nos movemos.
De ahí nacen las rivalidades, las ansiedades, los agobios, de ver que todos avanzan y tú siempre raspas el aprobado. La desmotivación se apodera de ti hasta que torna tus ansias de ser el/la mejor en conformarse con obtener un simple aprobado. Y lo que parece mediocre al principio de la resignación, hoy puedo afirmar que es la mejor decisión que puedes tomar, libre o forzosamente. Porque sin dejar de esforzarte, desaparecen gran parte de las ansiedades que alteran el sueño, amargan la existencia durante mes y medio. Buscas aprobar, y pasar a otra cosa. Y se nota en la calidad de vida. Porque pese a estar recluida, no me arrepiento si salgo una noche a cenar, o una tarde voy a asistir la crisis de alguna amiga enamorada. La búsqueda de la excelencia es el camino perfecto para la infelicidad. Porque cuando no la alcanzas, y ves que te quedas renqueante por el camino, empiezas a hundirte en un oscuro pozo de autodestrucción y desvanecimiento del autoestima que afecta a tu persona y a quienes te rodean. Y lloras, te maldices, te infravaloras. El año pasado me descubrí llorando (y me descubrió mi madre también) por una baja calificación. ¿Qué es eso? ¿Cómo me atrevo? Estaba aprobada y sin embargo moqueaba y tenía la respiración agitada. Llorar por una nota, como si no hubiera otras desgracias en la vida, como si eso fuera una desgracia. Ahí estaba, ahogada en un mar de lágrimas porque me encontraba por debajo de la media, porque no llegaba, por inepta. ¿Por inepta? Ese número no me representa. No soy yo, ni lo fui, ni lo seré. Sin embrago me afectó de tal manera que no levanté cabeza en todo el día.
¿Es esa la clase de vida que queremos? Depender nuestro ánimo de unas cifras que no tienen ninguna importancia sobre la vida real. La vida va sobre sentimientos, va sobre supervivencia, relaciones con el medio, con otros seres humanos, que también sufren, tienen miedos, aspiraciones, que necesitan amor, abrazos, dulzura, empujones para seguir adelante. Eso  no nos lo enseñan en ninguna parte. Eso no nos examinan, no dan clases, no lo valoran, y sin embargo, es la parte más importante de la vida.

La inteligencia emocional, eso es lo que realmente debiera medirse, y no solo la capacidad de raciocinio que nos hace olvidarnos de dónde venimos, lo que somos, animales. Racionales, pero siempre, animales.

sábado, 3 de enero de 2015

3. Comida familiar en casa de mi madre

La Navidad. Ese precioso momento post-verano en el que la operación bikini parece un trauma del pasado o una tortura del futuro. Donde está permitida la ingesta de cantidades enormes de calorías en forma de turrones, pasteles, y cocidos de la abuela. Es en este corto pero intenso lapso de tiempo cuando irremediablemente te encuentras ante un reto alimenticio, las comidas de Navidad. Ya sea de empresa, familiares o con los amigos, la filosofía es la misma. Te hartas a comer lo que quiera que se sirva, desde platos de jamón con queso a arroz del puchero de tu abuela, dejando por supuesto el estómago del postre libre para poder degustar, al terminar con la montaña de comida que te han puesto delante, todos los tipos posibles de dulces típicos de las fechas. Turrón de chocolate, de nata, de nueces, pasteles de boniato, de cabello de ángel, suspiros, polvorones normales, con chocolate, mantecados, peladillas, tortas Cristina, y esos deliciosos bombones de chocolate con avellana en el medio.
Cada comida de Navidad es un mundo, pero las familiares, que son las que mejor conozco, son el mundo de los mundos. Cada familia es un universo alternativo en el cual hasta las leyes de la física se ven alteradas. En mi caso, cada año, soy partícipe de dos eventos tan similares en concepto y tan diferentes en procedimiento, como son las comidas familiares con la familia de mi padre, y la de mi madre.
La familia de mi madre es realmente curiosa. Seis hermanos que hacen honor a su nacionalidad, con la sangre del pueblo valenciano hirviendo en sus venas. Dicharacheros, con carácter, familiares. Sin respeto hacia lo material cuando se trata de disfrutar de la compañía de los, cada vez menos presentes, familiares. Así que ahí nos plantamos, ese día fatídico del año, con los estómagos vacíos y los corazones llenos de ganas de vernos reunidos todos los primos, de que los hermanos se reúnan y compartan de nuevo gratos recuerdos del pasado.
La comida empieza a fluir. Es signo de éxito de una comida familiar que esta termine con un café a las seis de la tarde, habiendo comenzado el ritual poco más allá de las tres. Un constante río de comida que se alarga tanto como se empieza a expandir tu estómago, aparentemente insaciable ante este ambiente jovial. Tú engulles y engulles, hablas con la boca llena y sigues deglutiendo cada bocado que entra en tu boca. El botón del pantalón aprieta, la goma de las medias empieza a marcarte de tal manera que si antes parecías una elegante guitarra, ahora has pasado a la categoría de 8 morcillón, y pareces no tener fin hasta que miras el reloj. Has pasado dos horas comiendo entrantes, jamón, papas, untando en traicioneras tostaditas integrales todo tipo de patés y quesos, arroz del plato de los niños, pedazos de carne con diferentes salsas, todo casero si tienes suerte. Tu boca es una orgía de sabores y tu estómago te suplica que lo mates ya y dejes de torturarlo. Pero es navidad. Y el propósitode año nuevo lo dejas para el 7 de enero, cuando oficialmente empieza el año. La vuelta al cole.
Es totalmente lícito acompañar las enormes cantidades de comida con todo tipo de bebidas, normalmente alcohólicas, a fin de lubricar el gaznate y que todos estos comestibles puedan descender al estómago sin causar excesivas molestias. Es el momento en el que, sobrinos y nietos que acaban de cumplir la mayoría de edad, acompañan a sus mayores en una afable borrachera (para los jóvenes normalmente, ya una vieja conocida). Y se formulan preguntas e inquietudes como ¿ya te gusta la cerveza desde el primer trago? ¿Tan cargado quieres el gin-tonic? ¿Quieres un chupito de licor de manzana, o será demasiado fuerte?
La cima de las comidas navideñas la alcanzas con el surtido de dulces que se presenta ante ti como un premio bien merecido. El postre soñado, una carta de sabores que buscan extasiar tus papilas gustativas una última vez, llenando tu boca de espíritu navideño y chocolate. El estómago del postre aplaude mientras el estómago estándar suda por digerir toda la metralla que le has regalado hasta hace escasos minutos. Te dices que probarás SOLO un poquito de cada cosa. El problema es que hay más de diez cosas diferentes. Pero no te acobardas. Y allá que arramblas con toda la bandeja, sin pensar en el vestido que te has comprado que te estaba algo justo, en el mini-bikini que compraste a finales de agosto para el año que viene, en el botón que puede cegar a quien esté sentado en frente al salir disparado. Te entregas al placer del chocolate navideño (que al fin y al cabo, es lo mejor que puedes hacer en estos momentos, olvidarte de las grasas y disfrutar; siempre estás a tiempo de coger una bicicleta y quemar el arrepentimiento estúpido e infundado que pueda nacer)
El punto final se pone con un café que casi sabe a merienda, a las seis de la tarde. Con todo lo que has comido, es imposible conocer el destino de este. Sencillamente lo dejas caer por tu garganta y rezas para que no entre en tus pulmones. Si consigue encontrar el camino correcto, ya no te importa. Con sacarina, eso sí. No sea que te engorde.

Como he dicho, son distintos modos de proceder. Quizá en tu casa no hagan arroz sino tortilla, o vayáis a un caro restaurante y lo único casero sea la lámpara de la sala. Pero el objetivo de estas comidas es el mismo: adquirir el volumen similar al de una bola de playa al terminar y poder desplazarte rodando, plenx de alegría familiar y de comida que ha llegado a ti por simple gula.


Que bellas son las navidades, y qué bonito es reunir a la familia, aunque sea una vez al año, para recordar tiempos mejores, para sorprender con buenas nuevas, para darte cuenta de lo imbéciles que son algunos, y lo bien que le sienta la edad a otros. Y qué bonito es comer en buena compañía.

viernes, 2 de enero de 2015

2. Propósitos de año nuevo

Estamos a día 2 de enero del recién estrenado 2015. Todo el mundo nos hemos preparado alguna vez un listado de propósitos, deseos, bravuconadas que llevar a cabo a partir de la doceava campanada y durante los 365 días siguientes. Nos armamos de valor, confiamos en nuestro yo de los próximos mañanas, y decidimos que somos capaces de ir al gimnasio todos los días, escribir un libro, hablar con todas las amistades que hemos descuidado todos los días, hacer cientos de viajes, excursiones. Que podemos enamorarnos a nuestro gusto, eligiendo el momento y la persona. Los últimos momentos del año son minutos mágicos que nos dotan, con cierto realismo, de la facultad de sentirnos capaces de todo.
¿Cuánto nos duran esas pequeñas intenciones? ¿En qué momento del año se nos acaba el polvo de hadas? Dejamos de ir al gimnasio bajo estúpidos pretextos, abandonamos la historia porque nos falta inspiración, o no nos vemos suficientemente capacitados para llevarla a término. Empezamos a olvidar a aquellos que no habíamos olvidado el año pasado, y la balanza de las amistades se desplaza, y los viajes se reducen a un fin de semana en la casa de verano de algún amigo, a 30 kilómetros de tu casa.
Quizá cada propósito tenga una fecha de caducidad. Cuando lo planteas y te parece que tiene sentido, que puede realizarse, se reúnen todas las características necesarias para que se cumplan y deciden si realmente es viable o estás extasiadx de energía y optimismo. Y así, el gimnasio termina por desaparecer de entre tus prioridades la primera semana de marzo. El libro se viene abajo el día 7 de enero y los deseos de viaje, a final de mes. ¿Existen los propósitos cumplidos? Si es así, ¿puedes volver a repetirlos al año siguiente? ¿O quedan vetados durante los siguientes 365 días?
Quizá, tras un año de intenso ejercicio, el día 1 de enero del año siguiente a cumplir tus objetivos, tienes prohibida la entrada a cualquier gimnasio. Los dueños te miran y te llaman abuson(a), y lxs runners de los parques te hacen bulling. No. Eso no ocurre. Entonces, ¿qué pasa? ¿En qué se convierte un propósito cuando se cumple? ¿Termina en rutina, desaparece? ¿Qué función tienen los propósitos?
Nos los marcamos con la intención de alterar nuestras vidas a mejor, nos proponemos un cambio con optimismo para perfeccionar nuestro día a día con el esfuerzo de incorporar a nuestra rutina una actividad extra. Cuando está totalmente incluida y no cuestionamos el llevarla a cabo sino que llegamos a veces a automatizarla, ¿qué nos planteamos al año siguiente?
Si resultamos ser personas con enorme capacidad de determinación, y cada propósito que nos planteamos terminamos cumpliéndolo y fagocitándolo en nuestro horario, ¿qué nos queda al final de varios años?
Nos quedan días absolutamente rebosantes de actividades, donde el descanso, que en su momento fue un propósito, termina siendo una actividad monitorizada que hace que pierda su esencia. Obligados a descansar, que curioso.
No, los propósitos de año nuevo están para incumplirlos. Como las leyes. Por un bien común. Por no agobiarnos en un futuro por todas las cosas que debemos hacer, y tener que proponernos, en algún momento, dejar de hacer todo lo que conseguimos con propósitos anteriores. Porque el tiempo es finito. Dejar el gimnasio en marzo te puede permitir una hora de pronto en una cafetería con tus amigos, o la capacidad de improvisar un paseo por la montaña. O la playa. No escribir la historia deja la mente libre para que se ocurran mil temas abiertos, que sirvan para ordenar la mente y descubrir algo nuevo de ti mismx. Nos permiten iniciar un año más con optimismo, con fuerzas renovadas, con ganas de vivir día tras día con el fin de demostrarnos que podemos llevar a cabo algo que requiere cierto esfuerzo, algo personal. Que aunque parezca a priori ridículo, nos reafirma como personas con fuerza de voluntad. Y nos crece.
¿Y este propósito? Esto nace de plantearme un reto que parezca verdaderamente factible. Querer escribir durante 100 días sobre cualquier cosa, un par de hojas, nada significativo. Sencillamente ponerme delante de una pantalla y divagar sobre temas absurdos, o quizá no tanto. Cada día. ¿Cuándo caducará? ¿Por qué razones? ¿Serán los exámenes? ¿La vida social? ¿O quizá deje de tener temas sobre los que escribir? (qué triste) Si lo cumplo, ¿seguiré escribiendo más allá de este lapso de tiempo? ¿O acabaré tan harta que lo borraré todo? No tengo ni idea. 100 días son 2400 horas que están por llegar, de las cuales lo único que tengo claro es que irán pasando una tras otra, aproximándose el final del reto. Desde luego, será el primer propósito que cumpla en toda mi vida, y lo que hay más allá me resulta absolutamente desconocido.
En realidad, no quisiera que caducara. Quisiera que llegara el día 100 y pudiera cerrar el ciclo de escritos absurdos. Releerme y ver cierto avance personal, reírme de las tonterías que se me ocurran y que escriba. Porque confieso que no pienso ni reflexiono nada de lo que escribo. Será otra condición del propósito, que todo aquello que plasme será obra y gracia de la improvisación, para hacerlo todavía más genuino, para verme reflejada de verdad en cada página, en cada oración. Pretendo crecer con este propósito de año nuevo. El único que me he hecho, y que solo dura un tercio del año.


Disculpad, miento, también me he propuesto ser feliz. Pero ese propósito no caduca nunca.

jueves, 1 de enero de 2015

1. Pintalabios rojo.

Me encanta el pintalabios de color rojo. Desde siempre. Hace los labios de una mujer todavía más apetecibles. Las ganas de besarlos, de morderlos, saborearlos, se multiplican por cien cuando están subrayados con ese tipo de pintalabios. No puedes desviar la mirada de ese punto. Hipnotizan cuando hablan, son el blanco de todas las necesidades básicas. Las sonrisas se vuelven agresivas, te desafían a que las contestes, irreverentes, y no puedes evitarlo. Resultan disparos cuando, de pronto, se tensan los labios y entre ambos aparece una línea blanca que se ensancha. Cañonazos desvergonzados que a una le encantaría recibir en su cuello. Que quedase como un tatuaje la marca insolente de esos labios belicosos al rozar la piel.

Ya no son solo los labios lo que atrae cuando una mujer decide tiznarlos de carmín. Sino que voy más allá. Resulta tan llamativo portar fresas por labios que se precisa de una gran seguridad para aceptar ser el blanco de todas las miradas que tengan fetichismo con el color rojo. Y es eso lo que más atrae de una mujer con los labios de ese color. Se crece con las miradas, no se esconde, no tiene miedo a llamar la atención. Sino que lo busca. Pintarse los labios de este tono resulta una declaración de intenciones en toda regla que merece el aplauso de todos los que no podemos apartar la mirada de unos labios bien rojos cuando estos se dirigen hacia nosotros.

Ayer me compré por primera vez un pintalabios rojo. Desde mi timidez e inseguridad, escogerlo fue todo un reto. Comencé decantándome por rojos que apenas eran burdos chistes del color. Sin embargo, mi mano cogió en algún momento una barra mucho más intensa que cualquiera de las anteriores. En mi interior, una loba se revolvió en su jaula de metal. ¿Por qué no? Al probarlo en mi mano, me encantó. Le daba mil patadas a todos los pintalabios anteriores. Sin embargo, todavía probé tres más hasta dar con el indicado.
Me quedé mirando la mano, que parecía una réplica del rostro de un indio apache, con tantas líneas de tantas pruebas. Por un lado, los pintalabios apagados, que la parte más discreta de mi ser que ha regido siempre mi vida se empeñaba en elegir. Que no llamasen la anterior, suficientes para esconder la palidez que acoge a mis labios de vez en cuando. Por otro lado, toda la gama de rojos que hacen despertar a una fiera que lleva 21 años sedada y que ahora lucha por dejarse ver.

Decidí decantarme por los aullidos que rogaban por la libertad. Sin embargo, dentro de todos ellos los había de diferentes tonalidades, de nuevo debía elegir. Fresa, sandía, manzana envenenada de Blancanieves. Escogí el más rojo. Me quedé con ese. Y antes de darme tiempo a reflexionar sobre la posible utilidad que le vaya a dar, lo pagué. Ya era definitivo.
En mi casa, frente al espejo, lo probé por primera vez. El resultado hizo que me recorriera un escalofrío por la espalda. Me miré y, sin verme, me vi. Sin adivinarme, me supuse. Que ahí estaba yo, que era yo, que solo había puesto un poco de color en mis labios, pero parecía cambiada. Sonreí, y un látigo chasqueó en mi cabeza. Me reí ante la imagen que me devolvía el espejo y sonó un disparo. Esa imagen, tan curiosa, me resultó atractiva. Sentí que mi seguridad aumentaba tanto como había aumentado la intensidad con la que los labios se hacían distinguir sobre mi pálida piel. Me veía fuerte, capaz de comerme el mundo, y dejarle marca en cada bocado. Me reía de las sensaciones que me provocaba el simple hecho de haberme pintado los labios. Pero ahí estaban, intensas; el pulso acelerado, las mejillas sonrosadas, el pecho henchido de orgullo y seguridad, la fiera abriendo una jaula que ya se le estaba quedando pequeña.

Me asaltó una nueva inseguridad. ¿Sería capaz de salir con esto a la calle? ¿Capaz de aguantar las miradas? ¿De aguantar que me juzgasen todos aquellos que no soportan ver a alguien salir de lo discreto y normal? Yo, que siempre he sido correcta, ¿me atrevería?
La elección del momento para exhibirme confieso que fue bastante cobarde. Elegí refugiarme en la masa de labios rojos en la última noche del año, donde no sería la más mirada, donde no habría opción a juicio por la elección del color con el que resaltar mi boca. Caminé esa noche en armonía, sintiendo que la loba aullaba (todavía tímidamente). Me mordí el labio a mí misma, y me supo a victoria sobre mis miedos.

Por eso me encantan los pintalabios rojos. Porque exteriorizan de forma simbólica la fiera que todas llevamos dentro, que a veces queda oprimida bajo el yugo de los convencionalismos y los miedos a ser diferentes y destacar, pese a que hoy, el pintalabios rojo, sea la moda.

El siguiente paso es declararle la guerra al miedo diurno, y salir a pasear los labios, con la forma de corazón bien marcada en rojo intenso, y sonreír, sin miedo, reírme de las miradas despectivas, y si puedo, morder otros labios rojos, y encontrarme de frente con otra fiera que quiera aullar tanto al sol como a la luna.