La
Navidad. Ese precioso momento post-verano en el que la operación bikini parece
un trauma del pasado o una tortura del futuro. Donde está permitida la ingesta
de cantidades enormes de calorías en forma de turrones, pasteles, y cocidos de
la abuela. Es en este corto pero intenso lapso de tiempo cuando
irremediablemente te encuentras ante un reto alimenticio, las comidas de
Navidad. Ya sea de empresa, familiares o con los amigos, la filosofía es la
misma. Te hartas a comer lo que quiera que se sirva, desde platos de jamón con
queso a arroz del puchero de tu abuela, dejando por supuesto el estómago del
postre libre para poder degustar, al terminar con la montaña de comida que te
han puesto delante, todos los tipos posibles de dulces típicos de las fechas.
Turrón de chocolate, de nata, de nueces, pasteles de boniato, de cabello de
ángel, suspiros, polvorones normales, con chocolate, mantecados, peladillas,
tortas Cristina, y esos deliciosos bombones de chocolate con avellana en el
medio.
Cada
comida de Navidad es un mundo, pero las familiares, que son las que mejor
conozco, son el mundo de los mundos. Cada familia es un universo alternativo en
el cual hasta las leyes de la física se ven alteradas. En mi caso, cada año,
soy partícipe de dos eventos tan similares en concepto y tan diferentes en
procedimiento, como son las comidas familiares con la familia de mi padre, y la
de mi madre.
La
familia de mi madre es realmente curiosa. Seis hermanos que hacen honor a su
nacionalidad, con la sangre del pueblo valenciano hirviendo en sus venas.
Dicharacheros, con carácter, familiares. Sin respeto hacia lo material cuando
se trata de disfrutar de la compañía de los, cada vez menos presentes,
familiares. Así que ahí nos plantamos, ese día fatídico del año, con los
estómagos vacíos y los corazones llenos de ganas de vernos reunidos todos los
primos, de que los hermanos se reúnan y compartan de nuevo gratos recuerdos del
pasado.
La
comida empieza a fluir. Es signo de éxito de una comida familiar que esta
termine con un café a las seis de la tarde, habiendo comenzado el ritual poco
más allá de las tres. Un constante río de comida que se alarga tanto como se
empieza a expandir tu estómago, aparentemente insaciable ante este ambiente
jovial. Tú engulles y engulles, hablas con la boca llena y sigues deglutiendo
cada bocado que entra en tu boca. El botón del pantalón aprieta, la goma de las
medias empieza a marcarte de tal manera que si antes parecías una elegante
guitarra, ahora has pasado a la categoría de 8 morcillón, y pareces no tener
fin hasta que miras el reloj. Has pasado dos horas comiendo entrantes, jamón,
papas, untando en traicioneras tostaditas integrales todo tipo de patés y
quesos, arroz del plato de los niños, pedazos de carne con diferentes salsas,
todo casero si tienes suerte. Tu boca es una orgía de sabores y tu estómago te
suplica que lo mates ya y dejes de torturarlo. Pero es navidad. Y el propósitode año nuevo lo dejas para el 7 de enero, cuando oficialmente empieza el año.
La vuelta al cole.
Es
totalmente lícito acompañar las enormes cantidades de comida con todo tipo de
bebidas, normalmente alcohólicas, a fin de lubricar el gaznate y que todos
estos comestibles puedan descender al estómago sin causar excesivas molestias.
Es el momento en el que, sobrinos y nietos que acaban de cumplir la mayoría de
edad, acompañan a sus mayores en una afable borrachera (para los jóvenes
normalmente, ya una vieja conocida). Y se formulan preguntas e inquietudes como
¿ya te gusta la cerveza desde el primer trago? ¿Tan cargado quieres el
gin-tonic? ¿Quieres un chupito de licor de manzana, o será demasiado fuerte?
La
cima de las comidas navideñas la alcanzas con el surtido de dulces que se
presenta ante ti como un premio bien merecido. El postre soñado, una carta de
sabores que buscan extasiar tus papilas gustativas una última vez, llenando tu
boca de espíritu navideño y chocolate. El estómago del postre aplaude mientras
el estómago estándar suda por digerir toda la metralla que le has regalado
hasta hace escasos minutos. Te dices que probarás SOLO un poquito de cada cosa.
El problema es que hay más de diez cosas diferentes. Pero no te acobardas. Y
allá que arramblas con toda la bandeja, sin pensar en el vestido que te has
comprado que te estaba algo justo, en el mini-bikini que compraste a finales de
agosto para el año que viene, en el botón que puede cegar a quien esté sentado en
frente al salir disparado. Te entregas al placer del chocolate navideño (que al
fin y al cabo, es lo mejor que puedes hacer en estos momentos, olvidarte de las
grasas y disfrutar; siempre estás a tiempo de coger una bicicleta y quemar el
arrepentimiento estúpido e infundado que pueda nacer)
El
punto final se pone con un café que casi sabe a merienda, a las seis de la
tarde. Con todo lo que has comido, es imposible conocer el destino de este. Sencillamente
lo dejas caer por tu garganta y rezas para que no entre en tus pulmones. Si
consigue encontrar el camino correcto, ya no te importa. Con sacarina, eso sí.
No sea que te engorde.
Como
he dicho, son distintos modos de proceder. Quizá en tu casa no hagan arroz sino
tortilla, o vayáis a un caro restaurante y lo único casero sea la lámpara de la
sala. Pero el objetivo de estas comidas es el mismo: adquirir el volumen
similar al de una bola de playa al terminar y poder desplazarte rodando, plenx
de alegría familiar y de comida que ha llegado a ti por simple gula.
Que
bellas son las navidades, y qué bonito es reunir a la familia, aunque sea una
vez al año, para recordar tiempos mejores, para sorprender con buenas nuevas,
para darte cuenta de lo imbéciles que son algunos, y lo bien que le sienta la
edad a otros. Y qué bonito es comer en buena compañía.
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