lunes, 5 de enero de 2015

5. Oscuridad

Me da mucho miedo la oscuridad. Desde siempre. Cuando era pequeña tenía una lamparita que dejaba encendida hasta dormirme para no tener miedo. Tenía un arcoíris, y nubes, no recuerdo mucho más aunque todavía la tenga en casa. Con la edad fingí dejar de necesitarla. Se supone que creces y los miedos irracionales como este, o a los payasos, desaparecen. Maduras, pones los pies en la tierra, y como por arte de magia ya no le tienes miedo a nada. O no debes tenerlo.
Pero eso es mentira. 21 años después sigue aterrorizándome la oscuridad absoluta. En mi propia casa, cuando camino de las escaleras al cuarto, y no enciendo la luz (para ahorrar, ya ves tú), o camino con los hombros bien tensos, o corro directamente hasta mi cuarto con la intención de encender de un guantazo la luz de este. ¿Por qué? Me invade un miedo irracional cuando soy incapaz de distinguir lo que me rodea.
Hace años, caminando por ese mismo pasillo, pensaba que de las puertas podía salir un vampiro dispuesto a arrancarme la carne del cuello para que mi sangre saliese más fácilmente. Desnucarme. O un zombi hambriento de un joven cerebro. Incluso que podrían salirme los dos a la vez, uno de cada puerta que cruzo hasta llegar a la de mi cuarto. Corro, ilusa de mí, como si con mis pequeñas zancadas pudiera escapar de un ser mitológico más veloz que el viento. El zombi es lo que menos me preocupa.
En mi cuarto no escapaba al miedo a que algo oculto en las sombras pudiera cernirse sobre mí. Tumbada en la cama, a punto de dormir, quizá me daba por pensar en los límites del cuarto que mi resolución ocular no alcanzaba a distinguir, que podía ser a los pies de mi cama. El miedo me aceleraba el corazón (y me robaba el sueño) imaginando que, sin yo advertirlo, algún sádico podía haber metido en mi cuarto varios pares de serpientes, de todas las especies, tamaños, colores y dolores que existen. Las imaginaba reptando hacia mi cama, sacando esa lengua bífida con la que olerían mi miedo. Introduciéndose bajo el edredón o las sábanas, bordeando mis pies, ascendiendo paralelas a mis piernas, serpenteando, enroscándose sin pudor en ellas. Empezaba a tener sudores fríos, y no me atrevía a incorporarme hasta el interruptor por si alguna serpiente interpretaba mi movimiento como un signo de desafío y saltaba hacia mí, con las fauces bien abiertas y los colmillos dispuestos a atravesarme la piel e inocularme su veneno más mortífero. En ocasiones la sugestión llegaba hasta tal punto que notaba en mis pies pinchazos, roces en mis piernas. Era una situación que la hacía a una volverse loca.
A duras penas, en ocasiones, me atrevía a sacar la mano lentamente y buscar a tientas la base del flexo. Al encenderlo, la tranquilidad volvía a mí y me serenaba al comprobar que el suelo estaba desierto y que todo eran miedos infundados. No me imagino qué es lo que habría sucedido con mi salud mental si al hacerse la luz hubiera encontrado de verdad el suelo lleno de serpientes.

Con la edad es verdad que maduras, que pones los pies en la tierra y se evaporan todos esos miedos de juventud. No me da miedo que aparezca un vampiro y se abalance sobre mí con la boca bien abierta, desnucándome, o que me persiga un lobo en las sombras. Es estúpido. Lo que me aterra es que haya alguien escondido. Una persona corriente, mortal, que haya podido colarse en mi casa y se haya visto sorprendida por mi inesperada presencia en el ala de las habitaciones. Que su única escapatoria sea atacarme. Que me pille desprevenida. Me inmovilice, me amenace, me robe, me viole.
Me da miedo que al cerrar la puerta de mi cuarto para tener un poco de intimidad en mi casa, haya detrás un maníaco, estilo película de Hollywood, dispuesto a llevar a cabo alguna fantasía fetichista horrible conmigo. Que un loco disfrazado de payaso decida robarme la última carcajada de mi vida.
Es verdad, ya no hay magia oscura que valga, ni seres que despiertan cuando se esconde el sol, o que se metamorfosean cuando anochece. No, ahora lo que hay es la realidad. El extremo más extremo de la realidad. Los enfermos, psicópatas, que andan sueltos por el mundo. Que quizá sean pocos, y seguramente la mayoría no estén ni en mi continente, pero ahí está la posibilidad.

Cuando se apagan las luces, también hay otros miedos que me acosan. Miedos que no tienen forma humana y que ahí están. Mis fantasmas personales. Mis preocupaciones. Todo lo que consigo mantener firme durante el día rebosa de la caja de olvidados y se me desborda. Me ahoga, me golpea. Ese es otro miedo, el miedo a que me golpee en la cara toda la realidad que escondo para pasar el día a día de una manera más o menos humana.
No, la oscuridad no solo encierra tétricas figuras mitológicas, asesinos maníacos. No, la oscuridad guarda en su interior todo lo que de un modo u otro nos aflige, nos tortura, nos encoge el corazón. Los sentimientos oscuros, el odio, la envidia, la tristeza. Se conjugan cuando desaparece el sol, y sus sombras en la noche son todavía más alargadas. Esos son los miedos de los adultos, los que reemplazan a vampiros y licántropos. Los que no te dicen que debes superar, sino que se empeñan en que te sumas en ellos.
Sigo corriendo cuando apago la luz del pasillo y todavía no he llegado a mi cama. A veces, todavía pienso en las serpientes y en los vampiros, no ha muerto mi niña interior. Otras, son los asesinos improbables que quizá se escondan detrás de las puertas. Y otras tantas, son las ganas de cerrar la puerta y dejar tras de mí toda la mierda que ha decorado el paisaje de mi día. Aunque en estos casos, los fantasmas no se quedan cuando cubro mi cara con una sábana (impenetrable por cuchillos y balas) sino que se meten dentro y tienen la indecencia de besarme. La oscuridad los ampara.


Me da mucho miedo la oscuridad. Cada día por un motivo diferente.

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