Me
da mucho miedo la oscuridad. Desde siempre. Cuando era pequeña tenía una
lamparita que dejaba encendida hasta dormirme para no tener miedo. Tenía un
arcoíris, y nubes, no recuerdo mucho más aunque todavía la tenga en casa. Con
la edad fingí dejar de necesitarla. Se supone que creces y los miedos
irracionales como este, o a los payasos, desaparecen. Maduras, pones los pies
en la tierra, y como por arte de magia ya no le tienes miedo a nada. O no debes
tenerlo.
Pero
eso es mentira. 21 años después sigue aterrorizándome la oscuridad absoluta. En
mi propia casa, cuando camino de las escaleras al cuarto, y no enciendo la luz
(para ahorrar, ya ves tú), o camino con los hombros bien tensos, o corro
directamente hasta mi cuarto con la intención de encender de un guantazo la luz
de este. ¿Por qué? Me invade un miedo irracional cuando soy incapaz de
distinguir lo que me rodea.
Hace
años, caminando por ese mismo pasillo, pensaba que de las puertas podía salir
un vampiro dispuesto a arrancarme la carne del cuello para que mi sangre
saliese más fácilmente. Desnucarme. O un zombi hambriento de un joven cerebro.
Incluso que podrían salirme los dos a la vez, uno de cada puerta que cruzo
hasta llegar a la de mi cuarto. Corro, ilusa de mí, como si con mis pequeñas
zancadas pudiera escapar de un ser mitológico más veloz que el viento. El zombi
es lo que menos me preocupa.
En
mi cuarto no escapaba al miedo a que algo oculto en las sombras pudiera
cernirse sobre mí. Tumbada en la cama, a punto de dormir, quizá me daba por
pensar en los límites del cuarto que mi resolución ocular no alcanzaba a
distinguir, que podía ser a los pies de mi cama. El miedo me aceleraba el
corazón (y me robaba el sueño) imaginando que, sin yo advertirlo, algún sádico
podía haber metido en mi cuarto varios pares de serpientes, de todas las
especies, tamaños, colores y dolores que existen. Las imaginaba reptando hacia
mi cama, sacando esa lengua bífida con la que olerían mi miedo. Introduciéndose
bajo el edredón o las sábanas, bordeando mis pies, ascendiendo paralelas a mis
piernas, serpenteando, enroscándose sin pudor en ellas. Empezaba a tener sudores
fríos, y no me atrevía a incorporarme hasta el interruptor por si alguna
serpiente interpretaba mi movimiento como un signo de desafío y saltaba hacia
mí, con las fauces bien abiertas y los colmillos dispuestos a atravesarme la
piel e inocularme su veneno más mortífero. En ocasiones la sugestión llegaba
hasta tal punto que notaba en mis pies pinchazos, roces en mis piernas. Era una
situación que la hacía a una volverse loca.
A
duras penas, en ocasiones, me atrevía a sacar la mano lentamente y buscar a
tientas la base del flexo. Al encenderlo, la tranquilidad volvía a mí y me
serenaba al comprobar que el suelo estaba desierto y que todo eran miedos
infundados. No me imagino qué es lo que habría sucedido con mi salud mental si
al hacerse la luz hubiera encontrado de verdad el suelo lleno de serpientes.
Con
la edad es verdad que maduras, que pones los pies en la tierra y se evaporan
todos esos miedos de juventud. No me da miedo que aparezca un vampiro y se abalance
sobre mí con la boca bien abierta, desnucándome, o que me persiga un lobo en
las sombras. Es estúpido. Lo que me aterra es que haya alguien escondido. Una
persona corriente, mortal, que haya podido colarse en mi casa y se haya visto
sorprendida por mi inesperada presencia en el ala de las habitaciones. Que su
única escapatoria sea atacarme. Que me pille desprevenida. Me inmovilice, me
amenace, me robe, me viole.
Me
da miedo que al cerrar la puerta de mi cuarto para tener un poco de intimidad
en mi casa, haya detrás un maníaco, estilo película de Hollywood, dispuesto a
llevar a cabo alguna fantasía fetichista horrible conmigo. Que un loco
disfrazado de payaso decida robarme la última carcajada de mi vida.
Es
verdad, ya no hay magia oscura que valga, ni seres que despiertan cuando se esconde
el sol, o que se metamorfosean cuando anochece. No, ahora lo que hay es la
realidad. El extremo más extremo de la realidad. Los enfermos, psicópatas, que
andan sueltos por el mundo. Que quizá sean pocos, y seguramente la mayoría no
estén ni en mi continente, pero ahí está la posibilidad.
Cuando
se apagan las luces, también hay otros miedos que me acosan. Miedos que no
tienen forma humana y que ahí están. Mis fantasmas personales. Mis
preocupaciones. Todo lo que consigo mantener firme durante el día rebosa de la
caja de olvidados y se me desborda. Me ahoga, me golpea. Ese es otro miedo, el
miedo a que me golpee en la cara toda la realidad que escondo para pasar el día
a día de una manera más o menos humana.
No,
la oscuridad no solo encierra tétricas figuras mitológicas, asesinos maníacos.
No, la oscuridad guarda en su interior todo lo que de un modo u otro nos
aflige, nos tortura, nos encoge el corazón. Los sentimientos oscuros, el odio,
la envidia, la tristeza. Se conjugan cuando desaparece el sol, y sus sombras en
la noche son todavía más alargadas. Esos son los miedos de los adultos, los que
reemplazan a vampiros y licántropos. Los que no te dicen que debes superar,
sino que se empeñan en que te sumas en ellos.
Sigo
corriendo cuando apago la luz del pasillo y todavía no he llegado a mi cama. A
veces, todavía pienso en las serpientes y en los vampiros, no ha muerto mi niña
interior. Otras, son los asesinos improbables que quizá se escondan detrás de
las puertas. Y otras tantas, son las ganas de cerrar la puerta y dejar tras de
mí toda la mierda que ha decorado el paisaje de mi día. Aunque en estos casos,
los fantasmas no se quedan cuando cubro mi cara con una sábana (impenetrable
por cuchillos y balas) sino que se meten dentro y tienen la indecencia de
besarme. La oscuridad los ampara.
Me
da mucho miedo la oscuridad. Cada día por un motivo diferente.
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