domingo, 4 de enero de 2015

4. Exámenes

Estoy en época de exámenes, y eso siempre implica que durante mes y medio mi cerebro no debería remarco el debería) pensar en otra cosa que no fueran las materias a examinar durante el mes de enero (mayo en el segundo cuatrimestre) Esta restricción desemboca en que mi mente empieza a divagar por todo tipo de temas que no tienen nada que ver con la inmunología o la parasitología. Me planteo cosas, me cuestiono decisiones. ¿Por qué elegí esta carrera? ¿Quién me mandó meterme en ella? ¿Por qué no una en la que hubiera que dedicar menos horas? La única conclusión extraigo cada vez que me amargo con estos interrogantes es que la universidad me está robando unos años preciosos.
La gente no hace más que decirme “la universidad es el mejor momento de la vida”. Quizá tengan razón. No trabajas (si tienes suerte), estudias y dispones de cierta libertad. Plena, si eres tan afortunadx que cuentas con una habitación en un piso de estudiantes. El mundo se empieza a abrir ante ti, conoces gente nueva, te enfrentas a situaciones en ocasiones bastante kafkianas por ti mismx, y te das cuenta de que puedes salir airosx. Personalmente, en todo el tiempo que ha pasado desde que comencé este viaje, hace cuatro años, mi mente se ha expandido, mis metas se han metamorfoseado, mis prioridades, humanizado. Desde que salí del instituto, deseosa de comerme el mundo, hambrienta de conocimiento , con ganas de triunfar en la carrera que estaba a punto de iniciar, a ahora, creo que ha habido muchos cambios internos gracias a la gran cantidad de personas con las que, sin que te des cuenta, interaccionas en ese ambiente tan plural.
El asunto es que me ha absorbido tres años, este será el cuarto. La búsqueda inútil de la perfección me cegó los dos primeros años. Los dos últimos está siendo, simplemente, acabar. Que termine todo. Huir de aquí. Huir, volar, despegar… ¿a qué? Más estudiar, formarse, máster, quizá doctorado. Nadie te promete un trabajo al final, nadie te asegura que valorarán tu empeño, que tu esfuerzo y sacrificio será recompensado, y es lo que todo el mundo elige. ¿Por qué? Hay más salidas, y poca gente se las plantea.
Total que aquí estamos, otro enero más. Las paredes de mi cuarto son tan familiares para mí como la palma de mi mano. Cada grieta, cada mancha la he memorizado, lo que sea con tal de levantar la cabeza de los folios que tienen secuestrada mi mirada y gran parte de mi atención. Fuera hace sol, incluso entra calorcito pese a ser pleno invierno. Últimamente las navidades parecen haber tomado un clima perfecto para salir a una terraza a tomar algo, leer, o simplemente ver la vida pasar. Pero estoy enclaustrada, memorizando, embutiendo en mi cabeza conocimientos que dejan de ser interesantes en el momento en que debo obligarme a leerlos y leerlos hasta que se graben en mi cerebro. Ese es el problema. Que me gusta lo que estudio, hasta que tengo que estudiarlo. En ese momento en que me veo privada de mi libertad, en el que los días pasan sin sentirlos, y distingo el día de la noche por el período de sueño, es cuando lo aborrezco, y dejo de querer saber nada de ello. Bien influyen otros factores, pero no vienen al caso.

Tengo los ojos cansados, el bolsillo vacío de comprar subrayadores y bolígrafos, folios y tinta, imprimir apuntes. La montaña de hojas se ha ido haciendo grande con los días y ahora parece inexpugnable. Meto mi cabeza en ellos desde que me levanto (que soy capaz de levantarme, porque el madrugar cada vez se me hace más imposible) hasta que me acuesto, con pequeñas pausas para comer y llorarle a mi madre un poquito de libertad. Y no dejo de pensar en cómo pasan los días, en que tengo 21 años  y no he hecho nada de provecho para la humanidad, o para mí misma. Me hago constantemente la misma pregunta que, pese haberla leído en una web de humor, me parece bastante seria. Si la vida se trataba de dormir, comer y follar, cómo se nos ha ido tanto de las manos? Y es cierto. No busco incitar a una simplificación tan brutal de la existencia del ser humano, sin embargo, las complicaciones que hemos tenido la maravillosa idea de cargarnos a la espalda por amor al arte, esas sí que las eliminaría, las erradicaría. Centrándonos en la universidad, ojalá no fuera una condición imprescindible para ser “alguien de provecho”, aunque hoy ya no te de seguridad de nada. Debes estudiar porque sí. Porque si ya es difícil trabajar teniendo estudios, imagínate sin tenerlos.
Confieso que me gusta estudiar. Adoro aprender, escuchar, descubrir nuevos conceptos, pese a que mi mente los olvide a los dos días de haberlos adquirido. Porque tengo una memoria así de volátil, lo que en cierta manera es agradable; releer un libro es casi como encontrarse frente a él por primera vez. Por ejemplo.
Sin embargo, el método de estudio que se sigue actualmente me resulta absolutamente contraproducente. Memorizar y vomitar en el examen. Agobio, exámenes. Me parece una pérdida de tiempo, una mamarrachada. Un examen no te representa como persona. La calificación que obtienes no es una realidad, y sin embargo te limita, te clasifica (porque los seres humanos tenemos una gran necesidad de clasificarlo todo, no dejar nada a su libre albedrío, porque podríamos no comprenderlo y ser terrorífico). Puedes tener un mal día y, después de todo el esfuerzo, de unas navidades bien amargas, obtener un cinco (y gracias a que el profesor se sentía benévolo y ha decidido contar por lo alto), mientras que otra persona puede tener el golpe de suerte que a ti te ha abandonado. Y ahí queda reflejado el número, se ríe de ti, queda para siempre registrado como una falsa medida de tu esfuerzo, un intento de diagnosticar la valía de tu cerebro. Totalmente falso. Y por ello nos movemos.
De ahí nacen las rivalidades, las ansiedades, los agobios, de ver que todos avanzan y tú siempre raspas el aprobado. La desmotivación se apodera de ti hasta que torna tus ansias de ser el/la mejor en conformarse con obtener un simple aprobado. Y lo que parece mediocre al principio de la resignación, hoy puedo afirmar que es la mejor decisión que puedes tomar, libre o forzosamente. Porque sin dejar de esforzarte, desaparecen gran parte de las ansiedades que alteran el sueño, amargan la existencia durante mes y medio. Buscas aprobar, y pasar a otra cosa. Y se nota en la calidad de vida. Porque pese a estar recluida, no me arrepiento si salgo una noche a cenar, o una tarde voy a asistir la crisis de alguna amiga enamorada. La búsqueda de la excelencia es el camino perfecto para la infelicidad. Porque cuando no la alcanzas, y ves que te quedas renqueante por el camino, empiezas a hundirte en un oscuro pozo de autodestrucción y desvanecimiento del autoestima que afecta a tu persona y a quienes te rodean. Y lloras, te maldices, te infravaloras. El año pasado me descubrí llorando (y me descubrió mi madre también) por una baja calificación. ¿Qué es eso? ¿Cómo me atrevo? Estaba aprobada y sin embargo moqueaba y tenía la respiración agitada. Llorar por una nota, como si no hubiera otras desgracias en la vida, como si eso fuera una desgracia. Ahí estaba, ahogada en un mar de lágrimas porque me encontraba por debajo de la media, porque no llegaba, por inepta. ¿Por inepta? Ese número no me representa. No soy yo, ni lo fui, ni lo seré. Sin embrago me afectó de tal manera que no levanté cabeza en todo el día.
¿Es esa la clase de vida que queremos? Depender nuestro ánimo de unas cifras que no tienen ninguna importancia sobre la vida real. La vida va sobre sentimientos, va sobre supervivencia, relaciones con el medio, con otros seres humanos, que también sufren, tienen miedos, aspiraciones, que necesitan amor, abrazos, dulzura, empujones para seguir adelante. Eso  no nos lo enseñan en ninguna parte. Eso no nos examinan, no dan clases, no lo valoran, y sin embargo, es la parte más importante de la vida.

La inteligencia emocional, eso es lo que realmente debiera medirse, y no solo la capacidad de raciocinio que nos hace olvidarnos de dónde venimos, lo que somos, animales. Racionales, pero siempre, animales.

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