Estoy
en época de exámenes, y eso siempre implica que durante mes y medio mi cerebro
no debería remarco el debería) pensar en otra cosa que no fueran las materias a
examinar durante el mes de enero (mayo en el segundo cuatrimestre) Esta
restricción desemboca en que mi mente empieza a divagar por todo tipo de temas
que no tienen nada que ver con la inmunología o la parasitología. Me planteo
cosas, me cuestiono decisiones. ¿Por qué elegí esta carrera? ¿Quién me mandó
meterme en ella? ¿Por qué no una en la que hubiera que dedicar menos horas? La
única conclusión extraigo cada vez que me amargo con estos interrogantes es que
la universidad me está robando unos años preciosos.
La
gente no hace más que decirme “la universidad es el mejor momento de la vida”.
Quizá tengan razón. No trabajas (si tienes suerte), estudias y dispones de
cierta libertad. Plena, si eres tan afortunadx que cuentas con una habitación
en un piso de estudiantes. El mundo se empieza a abrir ante ti, conoces gente
nueva, te enfrentas a situaciones en ocasiones bastante kafkianas por ti mismx,
y te das cuenta de que puedes salir airosx. Personalmente, en todo el tiempo
que ha pasado desde que comencé este viaje, hace cuatro años, mi mente se ha
expandido, mis metas se han metamorfoseado, mis prioridades, humanizado. Desde
que salí del instituto, deseosa de comerme el mundo, hambrienta de conocimiento
, con ganas de triunfar en la carrera que estaba a punto de iniciar, a ahora,
creo que ha habido muchos cambios internos gracias a la gran cantidad de
personas con las que, sin que te des cuenta, interaccionas en ese ambiente tan
plural.
El
asunto es que me ha absorbido tres años, este será el cuarto. La búsqueda
inútil de la perfección me cegó los dos primeros años. Los dos últimos está
siendo, simplemente, acabar. Que termine todo. Huir de aquí. Huir, volar,
despegar… ¿a qué? Más estudiar, formarse, máster, quizá doctorado. Nadie te
promete un trabajo al final, nadie te asegura que valorarán tu empeño, que tu
esfuerzo y sacrificio será recompensado, y es lo que todo el mundo elige. ¿Por
qué? Hay más salidas, y poca gente se las plantea.
Total
que aquí estamos, otro enero más. Las paredes de mi cuarto son tan familiares
para mí como la palma de mi mano. Cada grieta, cada mancha la he memorizado, lo
que sea con tal de levantar la cabeza de los folios que tienen secuestrada mi
mirada y gran parte de mi atención. Fuera hace sol, incluso entra calorcito
pese a ser pleno invierno. Últimamente las navidades parecen haber tomado un
clima perfecto para salir a una terraza a tomar algo, leer, o simplemente ver la
vida pasar. Pero estoy enclaustrada, memorizando, embutiendo en mi cabeza
conocimientos que dejan de ser interesantes en el momento en que debo obligarme
a leerlos y leerlos hasta que se graben en mi cerebro. Ese es el problema. Que
me gusta lo que estudio, hasta que tengo que estudiarlo. En ese momento en que
me veo privada de mi libertad, en el que los días pasan sin sentirlos, y
distingo el día de la noche por el período de sueño, es cuando lo aborrezco, y
dejo de querer saber nada de ello. Bien influyen otros factores, pero no vienen
al caso.
Tengo
los ojos cansados, el bolsillo vacío de comprar subrayadores y bolígrafos,
folios y tinta, imprimir apuntes. La montaña de hojas se ha ido haciendo grande
con los días y ahora parece inexpugnable. Meto mi cabeza en ellos desde que me
levanto (que soy capaz de levantarme, porque el madrugar cada vez se me hace
más imposible) hasta que me acuesto, con pequeñas pausas para comer y llorarle
a mi madre un poquito de libertad. Y no dejo de pensar en cómo pasan los días, en
que tengo 21 años y no he hecho nada de
provecho para la humanidad, o para mí misma. Me hago constantemente la misma
pregunta que, pese haberla leído en una web de humor, me parece bastante seria.
Si la vida se trataba de dormir, comer y follar, cómo se nos ha ido tanto de
las manos? Y es cierto. No busco incitar a una simplificación tan brutal de la
existencia del ser humano, sin embargo, las complicaciones que hemos tenido la
maravillosa idea de cargarnos a la espalda por amor al arte, esas sí que las
eliminaría, las erradicaría. Centrándonos en la universidad, ojalá no fuera una
condición imprescindible para ser “alguien de provecho”, aunque hoy ya no te de
seguridad de nada. Debes estudiar porque sí. Porque si ya es difícil trabajar
teniendo estudios, imagínate sin tenerlos.
Confieso
que me gusta estudiar. Adoro aprender, escuchar, descubrir nuevos conceptos,
pese a que mi mente los olvide a los dos días de haberlos adquirido. Porque
tengo una memoria así de volátil, lo que en cierta manera es agradable; releer
un libro es casi como encontrarse frente a él por primera vez. Por ejemplo.
Sin
embargo, el método de estudio que se sigue actualmente me resulta absolutamente
contraproducente. Memorizar y vomitar en el examen. Agobio, exámenes. Me parece
una pérdida de tiempo, una mamarrachada. Un examen no te representa como
persona. La calificación que obtienes no es una realidad, y sin embargo te
limita, te clasifica (porque los seres humanos tenemos una gran necesidad de
clasificarlo todo, no dejar nada a su libre albedrío, porque podríamos no
comprenderlo y ser terrorífico). Puedes tener un mal día y, después de todo el
esfuerzo, de unas navidades bien amargas, obtener un cinco (y gracias a que el
profesor se sentía benévolo y ha decidido contar por lo alto), mientras que
otra persona puede tener el golpe de suerte que a ti te ha abandonado. Y ahí
queda reflejado el número, se ríe de ti, queda para siempre registrado como una
falsa medida de tu esfuerzo, un intento de diagnosticar la valía de tu cerebro.
Totalmente falso. Y por ello nos movemos.
De ahí
nacen las rivalidades, las ansiedades, los agobios, de ver que todos avanzan y
tú siempre raspas el aprobado. La desmotivación se apodera de ti hasta que
torna tus ansias de ser el/la mejor en conformarse con obtener un simple
aprobado. Y lo que parece mediocre al principio de la resignación, hoy puedo
afirmar que es la mejor decisión que puedes tomar, libre o forzosamente. Porque
sin dejar de esforzarte, desaparecen gran parte de las ansiedades que alteran
el sueño, amargan la existencia durante mes y medio. Buscas aprobar, y pasar a
otra cosa. Y se nota en la calidad de vida. Porque pese a estar recluida, no me
arrepiento si salgo una noche a cenar, o una tarde voy a asistir la crisis de
alguna amiga enamorada. La búsqueda de la excelencia es el camino perfecto para
la infelicidad. Porque cuando no la alcanzas, y ves que te quedas renqueante
por el camino, empiezas a hundirte en un oscuro pozo de autodestrucción y
desvanecimiento del autoestima que afecta a tu persona y a quienes te rodean. Y
lloras, te maldices, te infravaloras. El año pasado me descubrí llorando (y me
descubrió mi madre también) por una baja calificación. ¿Qué es eso? ¿Cómo me
atrevo? Estaba aprobada y sin embargo moqueaba y tenía la respiración agitada.
Llorar por una nota, como si no hubiera otras desgracias en la vida, como si
eso fuera una desgracia. Ahí estaba, ahogada en un mar de lágrimas porque me
encontraba por debajo de la media, porque no llegaba, por inepta. ¿Por inepta?
Ese número no me representa. No soy yo, ni lo fui, ni lo seré. Sin embrago me
afectó de tal manera que no levanté cabeza en todo el día.
¿Es esa
la clase de vida que queremos? Depender nuestro ánimo de unas cifras que no
tienen ninguna importancia sobre la vida real. La vida va sobre sentimientos,
va sobre supervivencia, relaciones con el medio, con otros seres humanos, que
también sufren, tienen miedos, aspiraciones, que necesitan amor, abrazos,
dulzura, empujones para seguir adelante. Eso
no nos lo enseñan en ninguna parte. Eso no nos examinan, no dan clases,
no lo valoran, y sin embargo, es la parte más importante de la vida.
La
inteligencia emocional, eso es lo que realmente debiera medirse, y no solo la
capacidad de raciocinio que nos hace olvidarnos de dónde venimos, lo que somos,
animales. Racionales, pero siempre, animales.
No hay comentarios:
Publicar un comentario