Estos
días me he dado cuenta de que me gustan mis piernas cuando llevo medias negras.
Parece una tontería, pero no lo es. Siempre he tenido un grandísimo complejo
con mis piernas, casi tan grande como ellas. No me gustan, las veo gigantes (en
lo que se refiere a volumen, porque de longitud las veo bastante cortas) Por
eso siempre he evitado llevar vestidos cortos o pantalones pitillo. Todo ancho,
todo largo, para dejar que la imaginación supere a la realidad y no parezcan piernas
de caballo.
Hace
poco le dije a mi madre que quería vestirme más femenina (ella enloqueció de
gozo, por fin una hija). Propuse la opción de comprarme un vestido para diario,
algo que hasta hace poco nunca se me habría ocurrido. Pero últimamente me
apetece. He aborrecido los vaqueros y las camisetas, necesito algo nuevo, que
me acerque a mí. Et voilà. Esto se ha traducido en un lindo vestido negro y
rojo (porque aunque haya decidido ser más femenina, es difícil que consiga
eliminar del todo el negro de mi armario; lo amo por encima de todos los
colores, a él y a su arte para disimular michelines)
Además
de tratarse de un vestido para llevar un día normal, resulta que no es hasta
los tobillos, sino que llega hasta arriba de las rodillas, lo cual, pese a que
son bastante cortas, deja un margen importante en el cual pueden verse mis
piernas (bajo unas tupidas medias negras, porque hace un frío que pela).
Delante del espejo estoy acostumbrada a verlas, me he probado cientos de
vestidos de diferentes longitudes, pantalones más o menos apretados, he hecho el idiota con
leggins cuando no podía estudiar más, e incluso sin pantalones. Sin embargo,
nunca me había parado a observarlas en acción, hasta el otro día, en la
capital.
Me lo
puse por primera vez, y enfundada en mi abrigo y esas medias bien tupidas, salí
a la calle en dirección a una boca de metro. Pasé por delante de un portal con
alta densidad en cristales. Por el rabillo del ojo me vi pasar fugaz, y lo
primero que capté inconscientemente fue la estela de mis piernas. Me dije “oye,
pues no están mal”, pero fue tan rápido y tan inconsciente todo que en el
siguiente portal me giré de manera activa a verme pasar. Me hice un repaso de
arriba abajo como los que hacen (dicen) las mujeres cuando ven aparecer a otra
en la misma habitación que puede resultar una amenaza para ella, o cuando
alguien se te come con la mirada. No se exactamente cómo fue, pero el hecho es
que me miré bien mirada mientras caminaba, sin detenerme. Y me maravillé. No
por mis piernas, que las tengo muy vistas de tanto procrastinar frente a un
espejo, sino por lo que me transmitieron. Al mirarlas no quise apartar la
mirada inmediatamente. No me resultaron repulsivas, obesas totales ni nada por
el estilo (que es lo que suelo pensar cuando las miro). Me transmitieron
fuerza. Verlas dar pasos, pequeños pero seguros, no me parecí yo andando. Desde
una se ve tan diferente. Me dije “Wow, ¿esa soy yo?”. Las pisadas tenían
fuerza, las piernas se la daban. Estaban bien contorneadas, no caían fofas.
En su
gran tamaño se plantaban e imponían seriedad. El color negro les daba hasta un
toque seductor que jamás había percibido. Me sentí bien aun viéndoseme las
piernas. Es cierto, tapadas por unas medias negras. Todavía queda mucho camino
hasta que me sienta a gusto con mis piernas al desnudo. Un camino tan largo
como el adelgazarlas. Pero las medias sí que dejaban ver la forma, las dimensiones.
Y contra todo pronóstico, me sentí a gusto con ese vestido corto (que en
realidad no es tan corto como los que llevan normalmente las chicas de 21 años,
pero sí mucho más corto de lo que nunca he llevado yo) Cada vez que me lo
pongo, con mis dulces manoletinas rojas y mis medias negras mágicas, tengo
ganas de comerme el mundo, de ir correteando por cualquier calle, saltar a la
espalda de alguien y que me lleve a caballito corriendo. O correr detrás de ellx.
Me siento ligera de una manera extraña, y mis piernas, firmes compañeras de
cualquier viaje, me resultan cómodas. Sigo siendo consciente de su tamaño y su
peso, de que no son las piernas más bonitas del universo. Todavía arrastro
miles de complejos respecto a ellas. Pero son mías. Me permiten caminar,
correr, saltar. Y llevarlas con las medias me hace darme cuenta de que, bueno,
nadie se horroriza, que son dos simples piernas, personales. Punto.
No son
piernas de modelo, de hecho, son la mitad de largas por el doble de anchas,
pero nadie pone cara de repugnancia (aparte de mí) cuando las miran, incluso en
la playa (si es que alguien las mira). Son normales. Incluso mejor que
normales. Son hiper especiales para mí, me permiten moverme, tenerme en pie,
golpear un balón, hacer enroscarme con quien quiera, saltar para llegar al
último estante de la alacena.
Este
vestido me ha desestigmatizado estas extremidades, lo cual es importante, porque
de él pueden venir otros vestidos, quizá un poco más cortos. Y aumente mi seguridad
en mí misma. Porque ¡vaya! Parece que, pese a estar cubiertas, empiezan a
gustarme mis piernas.
El
auténtico paso, la gran victoria vendrá cuando, sin medias ni espejos, me mire
mis piernas y diga “me gusta lo que veo”. Para eso no sé si lo que necesito es
adelgazar (que también, no únicamente
por verme bien y sentirme a gusto, sino porque es necesario mantener una dieta
equilibrada) o “sencillamente” llevar un proceso de autoaceptación que puede
ser eterno y muy complicado, seguramente imposible dado que llevo 21 años con
ellas y apenas ha habido mejoría salvo esta. No, no la voy a desprestigiar. Es
una gran mejoría, pero de ella a mirarme y no horrorizarme hay por lo menos
tres cañones del colorado.
Poco a
poco se llega lejos. Por el momento voy a abusar de ese vestido y de mis
maravillosas medias. Quizá compre otro en la misma tienda, que las deje al
aire, que pueda enseñarlas, para que me den ganas de brincar con otros colores.
No ignoraré el camino que me queda por andar, porque es mucho. Son muchos años
de complejos e inseguridades. Por eso, haber visto en ese portal una figura
que, en vez de parecer un oso morcillón, parecía una muchacha alegre y segura,
es algo muy importante para mí. Algo que, pese a ser tan superficial, me ha
regalado ese simple vestido. Tal vez el proceso ya se hubiera llevado a cabo en
mi interior y solo me hacía falta ponerlo de manifiesto. Bien, pues el vestido
ha sido el catalizador, el escenario, no se. Solo sé que tiene un papel importante
en todo esto.
Seguiré
intentando adelgazar, por supuesto. Pero por el camino seré consciente que, al
inicio de todo, no me sentí tan absolutamente incómoda para abandonar mi
volumen. Que he sabido ser bonita para mí misma. Y aun así, he decidido
adelgazar. Creo que será una vía más sana para llevar a cabo el proceso, porque
así no representa tanto una huida de mí como un camino más hacia ninguna parte.
Una manera de experimentar cosas nuevas. Por cambiar.
Todavía
no estoy en ese extremo de autoaceptación, pero llegaré, y entonces, adelgazar
será simplemente una aventura más, y no lo que viene siendo hasta ahora, el
único billete que me da la sensación que puede conducirme a ser feliz conmigo
misma en vez de afrontar mi físico con cobardía y esconderme de él tras las
reducciones calóricas y las insulsas ensaladas de lechuga con lechuga y ligeros
toques de tomate que la hacen todavía más insulsa (no soporto el tomate)
Llevo
haciendo dietas desde los 3 años, creo que empezar una no solo por adelgazar y
escapar, será toda una novedad. Me acerco a ese inicio, pero queda muy lejano.
Por el momento, seguiré masticando zanahorias y diciendo que no cuando se me
ofrezca un dulce. Menos mal que ha pasado la Navidad y todo el mundo está
asqueado de este sabor.
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