Me encanta el pintalabios de color rojo. Desde
siempre. Hace los labios de una mujer todavía más apetecibles. Las ganas de
besarlos, de morderlos, saborearlos, se multiplican por cien cuando están
subrayados con ese tipo de pintalabios. No puedes desviar la mirada de ese punto.
Hipnotizan cuando hablan, son el blanco de todas las necesidades básicas. Las sonrisas se
vuelven agresivas, te desafían a que las contestes, irreverentes, y no puedes
evitarlo. Resultan disparos cuando, de pronto, se tensan los labios y entre
ambos aparece una línea blanca que se ensancha. Cañonazos desvergonzados que a
una le encantaría recibir en su cuello. Que quedase como un tatuaje la marca
insolente de esos labios belicosos al rozar la piel.
Ya no son solo los labios lo que atrae cuando una
mujer decide tiznarlos de carmín. Sino que voy más allá. Resulta tan llamativo
portar fresas por labios que se precisa de una gran seguridad para aceptar ser
el blanco de todas las miradas que tengan fetichismo con el color rojo. Y es
eso lo que más atrae de una mujer con los labios de ese color. Se crece con las
miradas, no se esconde, no tiene miedo a llamar la atención. Sino que lo busca.
Pintarse los labios de este tono resulta una declaración de intenciones en
toda regla que merece el aplauso de todos los que no podemos apartar la mirada
de unos labios bien rojos cuando estos se dirigen hacia nosotros.
Ayer me compré por primera vez un pintalabios
rojo. Desde mi timidez e inseguridad, escogerlo fue todo un reto. Comencé
decantándome por rojos que apenas eran burdos chistes del color. Sin embargo,
mi mano cogió en algún momento una barra mucho más intensa que cualquiera de
las anteriores. En mi interior, una loba se revolvió en su jaula de metal. ¿Por
qué no? Al probarlo en mi mano, me encantó. Le daba mil patadas a todos los
pintalabios anteriores. Sin embargo, todavía probé tres más hasta dar con el
indicado.
Me quedé mirando la mano, que parecía una réplica
del rostro de un indio apache, con tantas líneas de tantas pruebas. Por un lado, los pintalabios
apagados, que la parte más discreta de mi ser que ha regido siempre mi vida se empeñaba
en elegir. Que no llamasen la anterior, suficientes para esconder la palidez
que acoge a mis labios de vez en cuando. Por otro lado, toda la gama de rojos
que hacen despertar a una fiera que lleva 21 años sedada y que ahora lucha por
dejarse ver.
Decidí decantarme por los aullidos que rogaban por la libertad. Sin embargo,
dentro de todos ellos los había de diferentes tonalidades, de nuevo debía elegir. Fresa, sandía, manzana
envenenada de Blancanieves. Escogí el más rojo. Me quedé con ese. Y antes de darme
tiempo a reflexionar sobre la posible utilidad que le vaya a dar, lo pagué. Ya
era definitivo.
En mi casa, frente al espejo, lo probé por
primera vez. El resultado hizo que me recorriera un escalofrío por la espalda.
Me miré y, sin verme, me vi. Sin adivinarme, me supuse. Que ahí estaba yo, que
era yo, que solo había puesto un poco de color en mis labios, pero parecía
cambiada. Sonreí, y un látigo chasqueó en mi cabeza. Me reí ante la imagen que
me devolvía el espejo y sonó un disparo. Esa imagen, tan curiosa, me resultó
atractiva. Sentí que mi seguridad aumentaba tanto como había aumentado la
intensidad con la que los labios se hacían distinguir sobre mi pálida piel. Me
veía fuerte, capaz de comerme el mundo, y dejarle marca en cada bocado. Me reía
de las sensaciones que me provocaba el simple hecho de haberme pintado los labios.
Pero ahí estaban, intensas; el pulso acelerado, las mejillas sonrosadas, el pecho
henchido de orgullo y seguridad, la fiera abriendo una jaula que ya se le estaba
quedando pequeña.
Me asaltó una nueva inseguridad. ¿Sería capaz de
salir con esto a la calle? ¿Capaz de aguantar las miradas? ¿De aguantar que me
juzgasen todos aquellos que no soportan ver a alguien salir de lo discreto y
normal? Yo, que siempre he sido correcta, ¿me atrevería?
La elección del momento para exhibirme confieso
que fue bastante cobarde. Elegí refugiarme en la masa de labios rojos en la
última noche del año, donde no sería la más mirada, donde no habría opción a
juicio por la elección del color con el que resaltar mi boca. Caminé esa noche
en armonía, sintiendo que la loba aullaba (todavía tímidamente). Me mordí el
labio a mí misma, y me supo a victoria sobre mis miedos.
Por eso me encantan los pintalabios rojos. Porque exteriorizan de forma simbólica la fiera que todas llevamos dentro, que a veces
queda oprimida bajo el yugo de los convencionalismos y los miedos a ser
diferentes y destacar, pese a que hoy, el pintalabios rojo, sea la moda.
El siguiente paso es declararle la guerra al
miedo diurno, y salir a pasear los labios, con la forma de corazón bien marcada
en rojo intenso, y sonreír, sin miedo, reírme de las miradas despectivas, y si
puedo, morder otros labios rojos, y encontrarme de frente con otra fiera que
quiera aullar tanto al sol como a la luna.
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