Estamos a día 2 de enero del recién estrenado
2015. Todo el mundo nos hemos preparado alguna vez un listado de propósitos,
deseos, bravuconadas que llevar a cabo a partir de la doceava campanada y
durante los 365 días siguientes. Nos armamos de valor, confiamos en nuestro yo
de los próximos mañanas, y decidimos que somos capaces de ir al gimnasio todos
los días, escribir un libro, hablar con todas las amistades que hemos
descuidado todos los días, hacer cientos de viajes, excursiones. Que podemos
enamorarnos a nuestro gusto, eligiendo el momento y la persona. Los últimos
momentos del año son minutos mágicos que nos dotan, con cierto realismo, de la facultad
de sentirnos capaces de todo.
¿Cuánto nos duran esas pequeñas intenciones? ¿En
qué momento del año se nos acaba el polvo de hadas? Dejamos de ir al gimnasio
bajo estúpidos pretextos, abandonamos la historia porque nos falta inspiración,
o no nos vemos suficientemente capacitados para llevarla a término. Empezamos a
olvidar a aquellos que no habíamos olvidado el año pasado, y la balanza de las
amistades se desplaza, y los viajes se reducen a un fin de semana en la casa de
verano de algún amigo, a 30 kilómetros de tu casa.
Quizá cada propósito tenga una fecha de
caducidad. Cuando lo planteas y te parece que tiene sentido, que puede
realizarse, se reúnen todas las características necesarias para que se cumplan
y deciden si realmente es viable o estás extasiadx de energía y optimismo. Y
así, el gimnasio termina por desaparecer de entre tus prioridades la primera
semana de marzo. El libro se viene abajo el día 7 de enero y los deseos de
viaje, a final de mes. ¿Existen los propósitos cumplidos? Si es así, ¿puedes
volver a repetirlos al año siguiente? ¿O quedan vetados durante los siguientes
365 días?
Quizá, tras un año de intenso ejercicio, el día 1
de enero del año siguiente a cumplir tus objetivos, tienes prohibida la entrada
a cualquier gimnasio. Los dueños te miran y te llaman abuson(a), y lxs runners
de los parques te hacen bulling. No. Eso no ocurre. Entonces, ¿qué pasa? ¿En
qué se convierte un propósito cuando se cumple? ¿Termina en rutina, desaparece?
¿Qué función tienen los propósitos?
Nos los marcamos con la intención de alterar
nuestras vidas a mejor, nos proponemos un cambio con optimismo para perfeccionar
nuestro día a día con el esfuerzo de incorporar a nuestra rutina una actividad
extra. Cuando está totalmente incluida y no cuestionamos el llevarla a cabo
sino que llegamos a veces a automatizarla, ¿qué nos planteamos al año
siguiente?
Si resultamos ser personas con enorme capacidad
de determinación, y cada propósito que nos planteamos terminamos cumpliéndolo y
fagocitándolo en nuestro horario, ¿qué nos queda al final de varios años?
Nos quedan días absolutamente rebosantes de
actividades, donde el descanso, que en su momento fue un propósito, termina
siendo una actividad monitorizada que hace que pierda su esencia. Obligados a
descansar, que curioso.
No, los propósitos de año nuevo están para
incumplirlos. Como las leyes. Por un bien común. Por no agobiarnos en un futuro
por todas las cosas que debemos hacer, y tener que proponernos, en algún
momento, dejar de hacer todo lo que conseguimos con propósitos anteriores.
Porque el tiempo es finito. Dejar el gimnasio en marzo te puede permitir una
hora de pronto en una cafetería con tus amigos, o la capacidad de improvisar un
paseo por la montaña. O la playa. No escribir la historia deja la mente libre
para que se ocurran mil temas abiertos, que sirvan para ordenar la mente y
descubrir algo nuevo de ti mismx. Nos permiten iniciar un año más con optimismo,
con fuerzas renovadas, con ganas de vivir día tras día con el fin de
demostrarnos que podemos llevar a cabo algo que requiere cierto esfuerzo, algo
personal. Que aunque parezca a priori ridículo, nos reafirma como personas con
fuerza de voluntad. Y nos crece.
¿Y este propósito? Esto nace de plantearme un
reto que parezca verdaderamente factible. Querer escribir durante 100 días
sobre cualquier cosa, un par de hojas, nada significativo. Sencillamente
ponerme delante de una pantalla y divagar sobre temas absurdos, o quizá no
tanto. Cada día. ¿Cuándo caducará? ¿Por qué razones? ¿Serán los exámenes? ¿La
vida social? ¿O quizá deje de tener temas sobre los que escribir? (qué triste)
Si lo cumplo, ¿seguiré escribiendo más allá de este lapso de tiempo? ¿O acabaré
tan harta que lo borraré todo? No tengo ni idea. 100 días son 2400 horas que
están por llegar, de las cuales lo único que tengo claro es que irán pasando
una tras otra, aproximándose el final del reto. Desde luego, será el primer
propósito que cumpla en toda mi vida, y lo que hay más allá me resulta
absolutamente desconocido.
En realidad, no quisiera que caducara. Quisiera
que llegara el día 100 y pudiera cerrar el ciclo de escritos absurdos. Releerme
y ver cierto avance personal, reírme de las tonterías que se me ocurran y que
escriba. Porque confieso que no pienso ni reflexiono nada de lo que escribo.
Será otra condición del propósito, que todo aquello que plasme será obra y
gracia de la improvisación, para hacerlo todavía más genuino, para verme
reflejada de verdad en cada página, en cada oración. Pretendo crecer con este
propósito de año nuevo. El único que me he hecho, y que solo dura un tercio del
año.
Disculpad, miento, también me he propuesto ser feliz.
Pero ese propósito no caduca nunca.
No hay comentarios:
Publicar un comentario